Eran las horas más aciagas de Donald Trump. Tras el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, las dimisiones en la Casa Blanca se sucedían una tras otra, el poder se desangraba y el vacío se tragaba los alrededores del Despacho Oval. … Y, aunque todos daban a Trump por amortizado, una persona se quedó hasta el final, hasta el último momento, hasta el instante de montarse en el avión sin dar el relevo a Joe Biden.
Stephen Miller fue ese hombre, un hombro en el que apoyarse, un leal subalterno con el que los planes de futuro no se acababan. Tres meses después, Miller lanzó el grupo America First Legal para combatir en los tribunales las políticas de la Administración de Biden. Además, hizo de la inmigración una causa que llevaría a Trump de regreso a la Casa Blanca apenas cuatro años después.
Stephen Nicholas Miller (Santa Mónica, California, 1985) ya era en el primer mandato de Trump uno de los hombres más radicales de la Casa Blanca. Tanto, que no pasó de asesor y responsable de escribir los discurso. Sus propuestas sobre inmigración chocaban incluso con otros integrantes de la Administración, menos afines al trumpismo, más dados a componendas y consensos. Había llegado a la campaña de 2016 para escribir discursos, pero acabó convirtiendo sus ideas en decisiones presidenciales. Y, mientras otros asesores caían, se enfrentaban a Trump, acababan contando sus desencuentros en un libro u otro, Miller permanecía con la lealtad de un soldado.
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DESDE LA CASA BLANCA
David Alandete
En su radicalización, y la de Trump, llegó a ganarse enemigos de gran poder, de los que se fue librando sin excepción. En junio de 2017 chocó con Rex Tillerson, entonces secretario de Estado, por los visados que su departamento diplomático seguía concediendo. Miller había entregado a Trump una hoja con las cifras de extranjeros admitidos en el país, cientos de miles. El presidente estalló. Tillerson intentó explicar que muchos eran visitantes temporales, pero Miller lo responsabilizó de aquellas entradas. El secretario de Estado, harto, respondió que quizá debía dejar de conceder visados por completo, cerrar todas las fronteras, y ya. En menos de un año estaba fuera del cargo.
Ocho años después, en 2025, Miller regresaba con su jefe a la Casa Blanca con mucho más poder y una orden que imponer a los responsables de inmigración. Había que detener más, deportar más, acelerar expulsiones. En mayo exigió al ICE, la Policía migratoria, un mínimo de 3.000 arrestos diarios. Seguía las cuotas con una obsesión extrema. La presión llevó a los agentes a extender las operaciones por barrios, negocios y aparcamientos. También esperaban en los pasillos de los tribunales a inmigrantes que habían acudido a sus audiencias. Cualquier persona sin residencia legal podía convertirse en objetivo, aunque careciera de antecedentes penales, aunque su caso estuviera pendiente de revisión.
Miller volvió el año pasado a la Casa Blanca con una orden para los responsables de inmigración: detener como mínimo a 3.000 irregulares al día y deportarlos
Miller llevaba muchos años preparando las herramientas para aquella ofensiva. Entre ellas, recurrir a una ley de 1798, la de Enemigos Extranjeros, para acelerar las expulsiones. En marzo, la Administración envió a venezolanos a la megacárcel Cecot de Nayib Bukele en El Salvador. Después amplió las deportaciones a terceros países. incluso hasta África. En julio llegaron ocho deportados a Sudán del Sur y otros cinco a Esuatini, estos últimos procedentes de Cuba, Jamaica, Vietnam, Laos y Yemen. Los expulsados podían acabar encerrados a miles de kilómetros de sus familias, en países con los que no tenían vínculo alguno. El programa de deportaciones que Miller impulsaba desde la Casa Blanca había adquirido una dimensión colosal, sin límites.
El ahora jefe de gabinete, nombrado el viernes, llegó a Washington después de graduarse en la elitista universidad de Duke en 2007. Pasó por los equipos de dos legisladores conservadores, Michele Bachmann y John Shadegg, hasta que en 2009 entró a trabajar para el senador de Alabama Jeff Sessions. Allí encontró un jefe que compartía su empeño en restringir la inmigración y una oficina desde la que empezar a influir en la política nacional. Preparaba argumentos, atendía a periodistas y ayudaba a Sessions a dar la batalla ideológica.
La más importante llegó en 2013, cuando un grupo de senadores republicanos y demócratas propuso una reforma que abría una vía a la ciudadanía para millones de indocumentados, una amnistía que apoyaba Barack Obama. Miller trabajó para frenarla sin descanso. El proyecto pasó el Senado, pero acabó fracasando en la Cámara de Representantes.
La conexión con Trump a través de Bannon
En aquellas batallas estrechó su relación con Steve Bannon, la fiera populista que dirigía Breitbart, el medio que amplificaba la rebelión contra los dirigentes republicanos partidarios de negociar y entenderse con los demócratas, el destructor del centrismo. Sessions aportaba el peso político, Miller preparaba los argumentos y Bannon les daba difusión. Compartían la convicción de que la inmigración podía movilizar a unos votantes que se sentían abandonados por su propio partido. Cuando Trump apareció en escena, encontraron al candidato dispuesto a llevar aquella bandera hasta el final. Era un político idóneo para ello: capaz de decir una cosa y la contraria sin que aquello le afectara, conocido por todo el país, bregado en mil batallas de su programa de telerrealidad, maestro de manipular a los medios.
El acercamiento empezó en 2015. Sessions encargó a Miller que ayudara al equipo de Trump a preparar sus propuestas migratorias. En enero de 2016, con treinta años, pidió una excedencia en la oficina del senador y se incorporó a la campaña del futuro presidente. Bannon impulsó su ascenso como redactor de discursos. Miller también salía al escenario antes que Trump para animar a los asistentes. En agosto escribió un discurso sobre inmigración que el candidato pronunció en Phoenix.
«Cualquiera que haya entrado ilegalmente en Estados Unidos está sujeto a deportación», dijo Trump en agosto de 2015 en un discurso escrito por Miller, sentando las bases de su política
En aquella alocución Trump dijo, por ejemplo: «Cualquiera que haya entrado ilegalmente en Estados Unidos está sujeto a deportación». Las ideas que Miller había defendido desde una oficina del Senado, que en su día se habrían considerado extremistas y radicales, llegaban ahora a millones de estadounidenses en boca de un aspirante a la presidencia.
Una década después se convierte en jefe de gabinete de la Casa Blanca, uno de los cargos más importantes en el gabinete presidencial. Será el séptimo judío en ocupar ese puesto, y el primero en hacerlo con Trump. Es, sobre todo, el más nacionalista y aislacionista de todos ellos, alguien con un perfil mucho más ideológico, más combativo, que todos sus predecesores. Su elección augura que el final de la presidencia de Trump será de todo menos apacible.
