Bloques de hormigón de seis, siete o más pisos aparecen por donde quiera que mires. Apenas un parque en los tres kilómetros recorridos a pie y un gran centro comercial en medio aglutinan la vida social de los vecinos. Esta es la imagen nada más … bajar de la estación Créteil-Préfecture, en la periferia sureste de París. Llegar hasta aquí es fácil desde puntos tan emblemáticos como la Bastilla de la capital francesa: línea recta y 25 minutos en Metro. Parece que ese mismo camino, pero en dirección contraria, fue el que tomaron las protestas que han encendido Francia desde hace varias semanas: todo comenzó en un pequeño instituto de Créteil, la periferia parisina, y subió hasta casi tomar la Bastilla.
En medio de ese mar de bloques de apartamentos sociales está el instituto Antoine de Saint-Exupéry. Un centro con nombre de escritor que desde fuera parece moderno, data de los años 90, y con el interior en forma de avión, inspirado en ‘El Principito’. Aquí se imparten clases a más de 1.500 alumnos de entre 14 y 18 años y es el lugar que, de manera inesperada, se ha convertido en el epicentro de la ola de disturbios en escuelas y universidades en todo el país. Ahora está cerrado. El lunes comenzaron las vacaciones de otoño en los centros educativos franceses, lo que ha permitido que baje la intensidad de las protestas, por no decir que desaparezcan. Al menos hasta el 2 de noviembre, que vuelven las clases.
Pero para entender cómo estamos hoy, hay que remontarse a mediados de septiembre. Era jueves, día 17. El calor aún apretaba cuando algunos profesores del Saint-Exupéry decidieron ir a la huelga para protestar por la falta de docentes, denunciaban que la ratio por aula era exagerada y que las condiciones cada vez iban a peor. «Faltaba un profesor de Matemáticas, otro de francés, de historia, de literatura, la enfermera, un trabajador social…», enumeraba a una televisión francesa Laurent Bessiere. Al inicio del curso no había subdirector y la escuela contaba con 13 docentes menos.
Condiciones insalubres
«Todo empezó aquí, en estos institutos del Val-de-Marne, donde hay muchos centros escolares y muchos institutos donde las condiciones son bastante insalubres: obras que no se hacen nunca, techos por los que filtra el agua… Incluso se han denunciado situaciones como la presencia de ratas», explica Angela, profesora de otro instituto de la zona de Val-de-Marne, la misma que el de Saint-Exupéry.
«Nos manifestamos porque nos falta de todo», explican Oumou y Dido, ambas alumnas en el centro Saint-Exupéry. «Las condiciones de los institutos de la periferia no son buenas. Nos faltan enfermeras, no hay profesores sustitutos. Además, hace frío o hace calor, dependiendo de las condiciones. No tenemos ganas de estudiar así, por eso nos manifestamos», dicen a las puertas del centro educativo.
¿Qué opináis de las manifestaciones?. «Yo creo que están bien y tenemos que continuar. Pero lo que no está bien es que destrocen cosas. Hay que manifestarse, pero hacerlo correctamente. Hay que mostrar el enfado y el descontento, pero sin dañar el entorno», apuntan las escolares, de apenas 13 años. «Pero en dos días yo hago 14», matiza una de ellas.
«Tenemos que continuar, pero no está bien que destrocen cosas. Hay que manifestarse, pero hacerlo correctamente».
Oumou y Dido
Estudiantes francesas de 13 años
Lo mismo piensa Rania, estudiante de otro instituto de la zona: «No está justificado llegar al extremo de destruir el mobiliario, porque precisamente estamos reivindicando esas mejoras», se queja. Porque en Francia no hay una manifestación que no acabe en violencia y el propio instituto que llevó la voz cantante en las manifestaciones pacíficas se vio envuelto en episodios descontrolados y agresivos. Seis días más tarde, el 23 de septiembre, un grupo de jóvenes anunció en Snapchat, una red social muy utilizada por los adolescentes, su intención de «atacar» el centro. Varios jóvenes entraron en el recinto y dispararon morteros contra la sala común de estudiantes. Dos personas resultaron heridas. Aunque los rumores decían que no eran estudiantes del instituto, las cámaras de seguridad del centro pudieron demostrar que sí lo eran.
Los días siguientes también se vieron imágenes violentas cuando los estudiantes construyeron barricadas con los contenedores de basura, impidiendo el paso de cualquiera que quisiera entrar. Después, cientos de escuelas siguieron los pasos de las protestas, que se habían extendido por las redes sociales. Alumnos y docentes de otros lugares tenían las mismas quejas y siempre venían de lugares muy parecidos: centros de las afueras de las ciudades. La periferia. En el caso del Saint-Exupéry es en la periferia sur. En el caso de otros centros, como el Paul Éluard, en Seine-Saint-Denis.
La inmigración se acumula en la periferia
Dar un paseo por Créteil, en la zona de Val-de-Marne, y su mercado de Mont-Mesly pone rápidamente de manifiesto que, a las afueras de las grandes ciudades, viven los que vinieron de fuera, lo que genera un caldo de cultivo para el descontento. Según el INSEE, el INE francés, aproximadamente el 25 % de la población de esta zona son inmigrantes, en su mayoría de origen africano y del Magreb, y la tasa de pobreza llega hasta el 36 %, según datos de 2023.
Un cóctel molotov: concentración de dificultades sociales, segregación escolar y la insuficiencia de servicios públicos que han alimentado esa sensación de abandono; que han terminado en las imágenes del 17 de octubre: vandalismo y destrucción por doquier.
Los disturbios y saqueos llevaron al Gobierno francés a decretar el toque de queda parcial a partir de este lunes en algunas ciudades, entre ellas París, Lyon, Marsella o Niza. La noche del lunes al martes volvió la calma a la capital, cuyos comercios habían sufrido destrozos y saqueos en los disturbios del pasado sábado.
Las autoridades francesas decretaron este martes por segunda noche consecutiva un toque de queda de las 11 de la mañana a las seis de la mañana del miércoles, en la plaza de la República y el sector comercial de Les Halles, epicentros de los disturbios del fin de semana.
