En las elecciones que se celebran en Israel este martes, es crucial el voto de la minoría árabe, un 20% de la población compuesto en su mayoría por palestinos pero también por beduinos. En votos, esa proporción se traduce en 13 escaños de la Knéset ( … Parlamento). Debido a su oposición al primer ministro Benjamin Netanyahu, quien también rechaza sus votos, las formaciones árabes podrían inclinar la balanza hacia un cambio de gobierno liderado por el partido Yashar y su candidato Gadi Eisenkot.
Pero, en el extremo opuesto del arco político y religioso de Israel, se encuentra otra comunidad que ejerce como contrapunto. Son los judíos ultraortodoxos, que representan entre el 12 y 15% de la población (1,28 millones de personas). Este grupo, cuya vida gira en torno al estudio del libro sagrado del judaísmo, la Torá, suele votar a la derecha y se erige como un balón de oxígeno para Netanyahu y su partido Likud, ya que en su coalición de gobierno figuran formaciones ultraortodoxas como Shas y Judaísmo Unido de la Torá (JUT). Su influencia es tal que, en los anteriores comicios, obtuvieron representación parlamentaria y han formado parte del Gobierno actual durante los cuatro últimos años.
Además, según los datos ofrecidos por el Instituto para la Democracia de Israel, ocho de cada diez ultraortodoxos se identifican con políticas completamente de derechas, lo que beneficia con una alta intención de voto al bloque de Netanyahu.
Tamar Hermann, experta en demoscopia de dicho Instituto, alertó durante un encuentro en junio en Tel Aviv con medios extranjeros, entre ellos ABC, que el país atraviesa «una alta polarización por culpa del alto coste de vida, la falta de seguridad y de cohesión social».
Uno de los temas que generan más crispación en Israel es el estatus y posición que muchos de estos ciudadanos ultraortodoxos ocupan en la sociedad. La mayoría de ellos se crían en sus propios barrios y apenas tienen contacto con el resto de la gente. Limitan su vida al estudio de la Torá y en ocasiones viven bajo el umbral de la pobreza.
Esteban Klor, profesor de Economía de la Universidad Hebrea de Jerusalén, explica a ABC que tienen índices de participación laboral «muy bajos». «Cuentan con redes de escuelas financiadas por el Estado donde no enseñan nada. Los peores colegios son ultraortodoxos, incluso hay estudios científicos que demuestran que perjudican las oportunidades de estos niños en el futuro», señala.
Seis hijos por familia
Como el día a día de los ultraortodoxos se circunscribe únicamente a la religión, optan por no formar parte del mercado laboral, lo que repercute negativamente en la economía y, a largo plazo, «será insostenible». Para 2065, se estima que uno de cada tres israelíes será ultraortodoxo, ya que en el seno de estas familias cada mujer tiene seis hijos de media. «Es imposible tener tanta gente que no estudia ni trabaja. No se les va a poder mantener», indica Klor. Además, se niegan a ir al Ejército, lo que ha sido un foco de conflicto durante el Gobierno de Netanyahu. Aun así, el primer ministro ha intentado en los últimos años aprobar varias medidas para blindar la exención del servicio militar de los ultraortodoxos y calmar las exigencias de sus socios de Gobierno.
Aunque los constantes conflictos han sido una china en el zapato para Netanyahu, la experta Tamar Hermann cree que «para sus seguidores sigue siendo el único que puede dirigir el país». «Puede que haya mucha gente que no esté contenta, pero eso no significa que no le vayan a votar», afirma. Un respaldo que, sumado al apoyo incondicional que le brindan casi todos los ultraortodoxos, podría ser decisivo a favor del partido Likud. Una idea con la que Esteban Klor está completamente de acuerdo: «Uno de los temas fundamentales para las elecciones es el rol de de la sociedad ultraortodoxa en Israel».
