La situación en la península de Corea, un conflicto que involucra armas nucleares y pendiente de resolución oficial desde hace más de siete décadas, se ha convertido estos días en un convulso juego de manos cruzadas después de que Donald Trump haya decidido agitarlo en … pos de algún tipo de victoria geopolítica, por superficial que resulte.
La alteración comenzó este fin de semana, cuando el presidente estadounidense anunció de improviso y a través de redes sociales su decisión de «rebajar sustancialmente» los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur. Esta excepcional medida pretendía, según sus propias palabras, castigar al país aliado por su negativa a participar en la guerra de Irán y, de paso, ofrecer un gesto de buena voluntad a Corea del Norte.
Las maniobras ‘Ulchi Freedom Shield’, una campaña de once días de duración concebida para ensayar la reacción a un ataque norcoreano, han quedado reducidas a la mitad. Trump aseguró este lunes en el Despacho Oval que Kim Jong-un había «respondido» a sus deferencias con una comunicación «muy positiva», sin ofrecer más detalles al respecto, pero este ha manifestado su inmutabilidad mediante su lenguaje predilecto: misiles.
Alrededor de las cinco de la tarde (hora local), Corea del Norte ha realizado este jueves un ensayo armamentístico en el que ha disparado «alrededor de una decena» de proyectiles de corto alcance, según ha informado el Estado Mayor Conjunto surcoreano.
La propaganda estatal, además, emitió un comunicado atribuido a Kim Yo-jong, hermana y mano derecha del líder, quien desdeñaba la reducción de los ejercicios militares como una cuestión «indigna de comentario» y denunciaba que la «política hostil» de EE.UU. no ha cambiado. También negó tener conocimiento de contactos recientes entre ambos mandatarios, aunque calificó su relación personal de «excelente».
Pocas horas antes, Trump había asegurado que mantendrá un encuentro personal con Kim en los próximos meses. Desde su regreso a la Casa Blanca, este ha expresado en múltiples ocasiones su voluntad de reeditar el apretón de manos compartido en Singapur en junio de 2018, el primero de tres encuentros que no dejaron avance alguno más allá de la histórica fotografía.
Saludos pendientes
La última tentativa se produjo durante su gira asiática en octubre del año pasado, con motivo del Foro APEC celebrado en la ciudad surcoreana de Gyeongju. El líder norcoreano también expresó entonces su negativa mediante un ensayo armamentístico.
La perspectiva de una nueva cita del organismo, en esta ocasión en la ciudad china de Shenzhen el próximo mes de noviembre, brinda una nueva oportunidad. Si aquellas primeras negociaciones fracasaron por la pretensión estadounidense de obtener una desnuclearización plena antes de levantar las sanciones, esta podría rebajarse al terreno más realista de la no-proliferación.
En este sentido pueden interpretarse las declaraciones de Trump, quien ha afirmado que Corea del Norte posee «57 armas nucleares muy poderosas», una cifra específica y un calificativo halagüeño, ambos empleados por primera vez a modo de reconocimiento tácito de las capacidades atómicas del régimen. El ministro surcoreano de Defensa, Ahn Gyu-back, ha mantenido hoy las estimaciones oficiales de «entre 80 y 120 cabezas nucleares» durante una comparecencia ante un comité parlamentario.
Lograr la paz
El presidente surcoreano, Lee Jae-myung, voluntarioso, ha puesto todo de su parte para interpretar la reducción de los ejercicios militares conjuntos como una buena noticia. «El mensaje del presidente Trump en esta ocasión parece una decisión de gran calado, adoptada tras una cuidadosa reflexión con el objetivo de lograr la paz en la península de Corea, dejando atrás la hostilidad y la confrontación», aseguraba mediante una publicación en redes sociales.
De acuerdo con esta lectura al filo de la lógica, Trump estaría de este modo apoyando la propuesta de Lee, pronunciada en días precedentes, de iniciar conversaciones multilaterales para pasar del actual armisticio a un tratado de paz que concluya a todos los efectos la guerra de Corea (1950-1953). El paso atrás de EE.UU., sin embargo, reafirma las dudas respecto a sus compromisos en materia de seguridad, críticos para Corea del Sur y otros países aliados como Japón o Filipinas.
Su gran rival geopolítico, China, observa el proceso con atención, por eso su ministro de Exteriores, Wang Yi, invocó ese mismo proceso de paz para acudir raudo al país vecino. La excepcionalidad de la visita, la primera en cinco años, remarca su oportunismo. A su paso por Seúl, el jefe de la diplomacia china expresó sus deseos de que Corea del Sur «alcance la autonomía estratégica», «desarrollando simultáneamente» sus relaciones con China y EE.UU. «absteniéndose de tomar partido».
