Era noche cerrada, y las luces seguían encendidas en la residencia de la Casa Blanca cuando Donald Trump comenzó a recibir las noticias seguras de una derrota total que amenazaba con arruinar los dos últimos años de su presidencia. El presidente había pasado del … Despacho Oval a sus dependencias privadas para seguir el escrutinio con sus familiares y colaboradores más estrechos. No había convocado a la prensa ni preparado una comparecencia. Conforme avanzaba la noche y se sucedían las victorias demócratas, quedaba claro que no iba a aparecer ante las cámaras. Aquello no era ni de lejos una fiesta. El ambiente en el complejo presidencial era de honda preocupación. Los mensajes que llegaban de todo el país confirmaban una derrota de proporciones mucho mayores de las previstas.
Los resultados confirmaron al filo de la medianoche los peores temores de la Casa Blanca. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado, un vuelco que no se producía desde hacía veinte años. Pero lo más doloroso para Trump era que buena parte de las derrotas llevaban su firma. En Texas, James Talarico derrotó al fiscal general Ken Paxton, por quien el presidente había apostado personalmente. En Ohio cayó Vivek Ramaswamy, uno de sus aliados más estrechos, derrotado por la demócrata Amy Acton.
Y en Carolina del Sur, Annie Andrews se impuso a Darline Graham, otra candidata elegida y respaldada por Trump, y consiguió un escaño que los demócratas no ganaban desde 1998. Roy Cooper venció en Carolina del Norte y, en Kansas, los demócratas conquistaron un escaño del Senado por primera vez desde 1932. No era una derrota que Trump pudiera atribuir únicamente a candidatos desconocidos o campañas mal organizadas. Había intervenido directamente en aquellas elecciones, había elegido a sus favoritos y había pedido el voto para ellos. Eran sus apuestas, sus candidatos y, en buena medida, sus derrotas.
El presidente no estaba dispuesto a asumir una derrota. No compareció ante la prensa, no hubo celebración en la Casa Blanca ni discurso para reconocer la magnitud del revés. Pero su reacción llegó a través de su red, Truth Social, donde escribió: «Yo no estaba en la papeleta y, si hubiera estado, habríamos ganado por una mayoría aplastante. Gracias por su atención a este asunto».
Era una explicación que chocaba frontalmente con lo que había pedido durante la campaña, cuando instó a los estadounidenses a votar como si su nombre figurara en las papeletas. Trump había querido convertir estas elecciones en un plebiscito sobre su liderazgo, pero, una vez conocidos los resultados, trataba de desvincularse de ellos. Para el presidente, la derrota no demostraba que hubiera perdido apoyo, sino que sus candidatos no habían sido capaces de movilizar a los votantes como él habría hecho. La culpa era de los demás.
Era un mapa difícil de imaginar apenas unos meses antes. Trump había ganado Texas por casi 14 puntos en 2024 y Carolina del Sur por cerca de 18. Ahora los demócratas se imponían en ambos estados. No se trataba únicamente de perder distritos disputados o de sufrir el desgaste habitual de unas elecciones de mitad de mandato. El voto de castigo había alcanzado territorios que los republicanos consideraban seguros.
La derrota de Ohio tenía también un componente personal. Ramaswamy, un multimillonario de padres indios, había sido uno de los rostros más conocidos del movimiento que acompañó a Trump en 2024 y su campaña contra Amy Acton había estado marcada por una polémica muy desagradable. Un anuncio republicano utilizó a la madre de la candidata demócrata, de la que llevaba décadas distanciada, para atacarla públicamente. La mujer acusaba a su hija de mentir y pedía que no la votaran, pese a los antecedentes de abusos sexuales que Acton había sufrido durante su infancia a manos de su padrastro. El anuncio provocó críticas incluso entre republicanos. Finalmente, Acton se convirtió en la primera gobernadora demócrata de Ohio desde 2011.
Primer senador demócrata en Texas desde 1988
En Texas, la victoria de Talarico tenía una importancia todavía mayor. Los demócratas no conseguían elegir a un senador por ese estado desde 1988. Paxton, fiscal general y candidato respaldado por Trump, había llegado a las elecciones debilitado por una larga sucesión de controversias judiciales y personales. Ni siquiera la intervención del presidente y del vicepresidente JD Vance en la campaña consiguió evitar su derrota. Esa victoria de Talarico suponía un cambio histórico en uno de los grandes bastiones del Partido Republicano.
Entre los primeros destinatarios de los duros reproches de Trump estuvo Greg Abbott, gobernador perdedor de Texas y uno de los republicanos que con mayor fidelidad han seguido al presidente. Abbott había respaldado sus políticas migratorias, colaborado estrechamente con la Casa Blanca y convertido Texas en uno de los principales escenarios de toda su agenda política. Pero según denunció Trump en redes, en los «seis últimos meses de su vida política se convirtió en un republicano solo en nombre». Se acabó la unidad, los cuchillos para ajustar cuentas estaban ya fuera.
La recuperación de la Cámara de Representantes deja a los demócratas en condiciones de controlar las comisiones parlamentarios, reclamar documentos y convocar investigaciones sobre la Administración y sobre la familia del presidente. Y en el Senado pueden imposibilitar los nombramientos y las iniciativas legislativas del presidente. Sólo le salva que una inhabilitación sólo se consigue con dos tercios del Senado, algo que los demócratas no tienen. Él por si acaso amenazó con vetos presidenciales en otro mensaje en su red social.
Trump sí había querido que estas elecciones fueran un referéndum sobre su gestión. Durante la campaña se recorrió todo Estados Unidos, dio de media un mitin por día en un mes desde Alaska hasta Florida. Dos años después de su regreso triunfal a la Casa Blanca, el presidente pretendía demostrar que conservaba intacta su capacidad de movilización y que los estadounidenses seguían respaldando su programa político.
Coste de la vida
Sin embargo, la campaña había terminado girando alrededor de cuestiones muy distintas de las que el presidente quería plantear. Trump hablaba de una nueva edad de oro, de inversiones extraordinarias, de una economía en expansión y de un país que había recuperado su poder internacional. Pero buena parte de los votantes seguían preocupados por el precio de los alimentos, la vivienda, los combustibles y las facturas domésticas. Esto contrastaba con el oro, literal, del que ha bañado la Casa Blanca. La guerra contra Irán había agravado el malestar económico y añadido incertidumbre a una presidencia que había prometido acabar con los conflictos internacionales.
A esos problemas se sumaba el cansancio acumulado por casi dos años de polémicas, algunas muy intensas. Las deportaciones, los aranceles, los enfrentamientos con los aliados, los negocios de la familia presidencial, el secretismo en torno a los archivos del pederasta y violador Jeffrey Epstein y la guerra habían contribuido a una sensación de conflicto permanente. Trump conservaba el respaldo de su base más fiel, pero las elecciones mostraban que aquella lealtad no bastaba para garantizar la victoria de sus candidatos.
La guerra contra Irán había agravado el malestar económico y añadido incertidumbre a una presidencia que había prometido acabar con los conflictos internacionales
El presidente había dedicado los últimos días de campaña a atacar duramente a sus adversarios. Los presentó como los candidatos más peligrosos de la historia estadounidense, denunció la presencia de extremistas entre los demócratas y acusó a algunos de mantener posiciones próximas al yihadismo y a los Hermanos Musulmanes. En Michigan, dirigió sus ataques contra Abdul El Sayed. Era la estrategia de tensión absoluta que había utilizado durante años, pero esta vez no consiguió desplazar las preocupaciones económicas que dominaban el debate electoral.
La víspera de las elecciones, Trump había participado en Washington en un acto dedicado a las obras de renovación del estanque reflectante del monumento a Lincoln. Habló del nuevo revestimiento azul oscuro, de las mejoras urbanísticas y de la transformación de la capital que quería dejar como parte de su legado. También insistió en que Estados Unidos atravesaba una etapa de prosperidad extraordinaria. Apenas 24 horas después, los resultados electorales ofrecían una imagen muy distinta de la satisfacción que el presidente había expresado, los estadounidenses miraban a otro lado.
Mientras la Casa Blanca trataba de asimilar lo ocurrido, los demócratas comenzaban a preparar las consecuencias políticas de su victoria. Robert García, llamado a presidir el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, anunció investigaciones sobre los negocios de la familia Trump, la corrupción empresarial, las actuaciones del Departamento de Seguridad Nacional y del ICE y el supuesto encubrimiento de documentos relacionados con Jeffrey Epstein. Su comunicado terminaba con una advertencia de dos palabras: «Búscate un abogado».
La agenda oficial difundida para este miércoles 4 de noviembre refleja el repliegue del presidente de la Casa Blanca. A las ocho de la mañana figura una sesión de trabajo privado. Después, cuatro reuniones sobre políticas de Gobierno, a las once, a la una y media, a las dos y a las tres y media. Todas ellas a puerta cerrada. No hay prevista ninguna comparecencia pública, ninguna rueda de prensa y ninguna oportunidad para que los periodistas pregunten al presidente por las derrotas.
El presidente llegó a esta residencia prometiendo una nueva edad de oro y había pedido a los estadounidenses que votaran como si él mismo se presentara. Las urnas le devolvieron Capitolio en manos de sus adversarios, una sucesión de derrotas en bastiones republicanos y la perspectiva de dos largos años de investigaciones parlamentarias.
