Donald Trump ha decidido trasladar a las elecciones de mitad de mandato una herramienta propia de las campañas presidenciales: una convención nacional del Partido Republicano. La cita, prevista en Dallas los días 9 y 10 de septiembre, llegará apenas siete semanas antes de los … comicios del 3 de noviembre. Su objetivo es concentrar la atención del partido, movilizar a su electorado y dar proyección a los candidatos republicanos.
Estas grandes asambleas, concebidas para designar al aspirante presidencial y proyectar unidad, no forman parte habitualmente del calendario de unas legislativas. Pero Trump quiere convertir también esta campaña en una prueba de su liderazgo, exhibir control sobre el partido y conservar las mayorías republicanas en el Capitolio con una estrategia de máxima movilización y referendo sobre su persona y su gestión.
El movimiento responde a un momento delicado para los republicanos. Una encuesta de ‘The New York Times’ y Siena College en seis estados donde el partido defiende escaños -Alaska, Iowa, Maine, Carolina del Norte, Ohio y Texas- sitúa la media de las carreras por el Senado en empate, 47% a 47%, pese a que Trump ganó cinco de ellos en 2024 por una diferencia media de ocho puntos.
Los demócratas llevan ventaja en Maine y Carolina del Norte y los republicanos conservan márgenes estrechos en Alaska, Iowa y Ohio, y Texas aparece igualado. La aprobación media de Trump en esos Estados es del 43%, frente al 54% de desaprobación, con la inflación y el coste de la vida como principal foco de malestar, con el fondo de una guerra de Irán cada vez más impopular.
La Cámara de Representantes es hoy el frente más vulnerable para Trump: los republicanos conservan una mayoría mínima y los demócratas parten como favoritos para recuperarla, aunque faltan cuatro meses para la votación. Si además perdieran el Senado, el presidente vería cerrarse las dos vías de control legislativo.
Parálisis legislativa
La oposición asumiría las presidencias de las comisiones de investigación, fijaría la agenda de investigaciones y tendría capacidad para bloquear o retrasar nominaciones judiciales y altos cargos de la Administración. Trump conservaría el veto y buena parte de sus poderes ejecutivos, pero sus dos últimos años quedarían marcados por la parálisis legislativa y por una supervisión mucho más intensa del Congreso.
La pérdida de la Cámara abriría además otro frente político para Trump: las investigaciones y, eventualmente, un nuevo proceso de ‘impeachment’. Durante su primer mandato, esa Cámara de Representantes, entonces controlada por los demócratas y presidida por Nancy Pelosi, aprobó dos veces artículos de impeachment contra él. Ningún otro presidente estadounidense ha sido sometido dos veces a ese procedimiento del juicio político.
La pérdida de la Cámara abriría además otro frente político para Trump: las investigaciones y, eventualmente, un nuevo proceso de ‘impeachment’
Un tercer ‘impeachment’ tendría un fuerte impacto político y simbólico, pero no implicaría por sí solo su destitución o su inhabilitación. La Cámara puede aprobar los cargos por una mayoría simple; una condena en el Senado requiere, en cambio, el respaldo de dos tercios de los senadores. Solo después de una condena podría el Senado acordar también la inhabilitación para ejercer cargos federales en el futuro. Con un Senado dividido o controlado por los republicanos, el efecto más inmediato sería la apertura de un nuevo ciclo de investigaciones, comparecencias y desgaste político constante para la Casa Blanca.
Los demócratas giran a la izquierda
En el fondo, Trump intenta frenar una reacción política que no se dirige solo contra él. El Partido Demócrata atraviesa también un desgaste y derrotas amargas para sus dirigentes tradicionales, con candidaturas en primarias que reclaman un giro más claro a la izquierda radical, centrado en el coste de la vida, el poder de las grandes empresas, la vivienda, la inmigración y la política exterior.
El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, convertido en una referencia de esa izquierda socialista, respaldó el mes pasado a tres candidatos radicales en primarias para la Cámara de Representantes. Los tres vencieron, dejando fuera de juego a dos diputados en ejercicio, en una señal de fuerza frente a candidatos apoyados por el aparato del partido. En Maine, Graham Platner, un controvertido veterano de guerra y cultivador de ostras, ganó las primarias demócratas para disputar el Senado a la republicana Susan Collins con un discurso contra el coste de la vida y las élites políticas. En Colorado, la socialista demócrata Melat Kiros derrotó a Diana DeGette, congresista durante 29 años.
No es un viraje uniforme ni asegura buenos resultados en los distritos más disputados. Pero revela un malestar que alcanza a Trump y también a la dirigencia demócrata, el bipartidismo de toda la vida, y que complica el intento de presentar una alternativa homogénea de cara a noviembre, por lo que el presidente detecta que puede tener una vía para mantener el control del legislativo: presentarse como alguien que puede poner freno a un avance del radicalismo izquierdista en América.
Ya en una sonada conferencia en un foro religioso el 26 de junio, Trump presentó el comunismo como el eje de su mensaje para las legislativas. Dijo que era una ideología «muy fácil de vender» porque permite prometer alquileres, viviendas y comida gratis, pero que acaba llevando al país a la ruina, sin alimentos, vivienda, seguridad ni fuerza militar. Enlazó esa idea con un llamamiento directo a movilizarse en noviembre: «el comunismo es el pasado y la libertad es el futuro».
Dirigió el ataque contra Mamdani y sus candidatos, los que ganaron las primarias, a quienes calificó de «comunistas ateos radicales». Afirmó que atacarían especialmente al cristianismo y los describió como «la mayor amenaza» para Estados Unidos desde su fundación.
Ese será seguramente el eje de esa insólita convención. El programa detallado aún no se ha hecho público. Trump ha adelantado que la cita reunirá a «innovadores, empresarios, fabricantes, primeros intervinientes y creadores de empleo», además de entretenimiento, y se espera que él mismo sea el principal invitado, la estrella indudable de la jornada. La dirección republicana no ha anunciado todavía la lista de candidatos ni de invitados.
En Dallas se verá hasta qué punto esa estrategia, un referendo personal, puede traducirse en movilización electoral. Para Trump, la nueva convención de medio mandato no será solo una cita de partido, sino el intento de convertir unas legislativas que suelen castigar al presidente en una elección entre su agenda y el avance ideológico que atribuye a sus adversarios demócratas. Todo para no convertirse en lo que comúnmente se llama un «pato cojo», un presidente ya sin poder.
