
No hay tregua en Gaza al cumplirse un mes de la guerra desatada por el ataque combinado del movimiento palestino Hamás contra Israel. En la densa humareda de los bombardeos diarios, alimentada por las noticias falsas propagadas por ambos bandos, se ocultan muchas incógnitas -¿quién bombardeó, por ejemplo, el hospital Al Ahli?-, que no podrán ser resueltas, si lo son, hasta que se ponga fin al conflicto.
Un análisis urgente del primer mes de guerra permite, no obstante, observar la aparición de algunas nuevas realidades en el escenario más volátil del planeta desde el término de la Segunda Guerra Mundial.
La primera es el amplio consenso existente en la sociedad y la política israelíes sobre la ‘necesidad’ de la guerra. Hay pocas dudas de que la responsabilidad del que ha sido, quizá, el mayor error de la historia del Estado de Israel, recae sobre el primer ministro, Benjamín Netanyahu. Pero a la espera de ajustar cuentas con él, la sociedad y el Ejército han cerrado filas para destruir la infraestructura de Hamás en Gaza, aunque el castigo suponga el sacrificio de decenas de miles de civiles.
El marco de los grandes acuerdos políticos de Oriente Próximo también se ha visto afectado. Aunque muchos vean en esta guerra un argumento más en favor de la solución de los «dos Estados», suscrita en Oslo en 1992, el sentimiento de que la guerra en Gaza demuestra que esa es una solución inviable para la seguridad de Israel ha crecido muchos enteros en el campo judío.
Oslo está tocado de muerte, pero el otro marco político de referencia, el de los Acuerdos de Abraham, lanzados por mediación de Estados Unidos en 2020, está solo en estado de hibernación. Ninguno de los países árabes que en aquel momento establecieron relaciones con Israel ha amenazado con romperlas con motivo de la guerra de Gaza, aunque critiquen la «desproporción» de la respuesta y pidan un alto el fuego. Arabia Saudí, que estaba a punto de alcanzar un acuerdo histórico con Israel cuando Hamás decidió actuar para frustrar ese proyecto, se ha limitado a decretar un punto muerto hasta nuevo aviso.
Otra realidad geoestratégica que ha modificado la guerra de Gaza es el proceso de retirada militar de Estados Unidos en la región. La desescalada, iniciada por el republicano Trump y continuada por el demócrata Biden, ha sido cortada de modo abrupto por la Casa Blanca. En las últimas semanas, el Pentágono ha desplegado un portaaviones en el Mediterráneo y otro ha sido enviado al Golfo, para dotarse de al menos un centenar de cazas con capacidad de ataque, así como cruceros, destructores y submarinos con misiles Tomahawk.
Es la mayor concentración de fuerzas norteamericana desde la operación para destruir el califato de Estado Islámico, en partes de Siria y de Irak, y conlleva -además de la voluntad de proteger sus bases en la región de posibles ataques islamistas- un cambio de rumbo en la diplomacia de apaciguamiento con Irán. Washington quiere prevenir al régimen de los ayatolás contra cualquier veleidad de extender el conflicto contra Israel, y de paso aplica un freno súbito a varios años de acercamiento diplomático con Irán dirigidas a levantar sanciones económicas.
El nuevo escenario de Guerra Fría -choque con Irán, suspensión del acercamiento de los árabes con Israel- trastoca el gran proyecto de Estados Unidos de bajar la actividad diplomática en Oriente Próximo, para concentrarse en las hasta ahora tareas más apremiantes: la guerra de Ucrania y la rivalidad global con China.
