«¡Tú no puedes encajar la verdad!». Este fue el peliculero reproche que el coronel de los Marines, interpretado por Jack Nicholson, le hacía a Tom Cruise en el célebre careo de ‘Algunos hombres buenos’. Aquel dramático reproche sirve para ilustrar un elemento central de … la crisis de nuestras democracias: no solamente la normalización de la mentira política, sino que los ‘Pinochos’ empiezan a creerse sus propios embustes.
Como resultado de tanta mendacidad, hace mucho tiempo que lo que Hannah Arendt denominaba el «tejido de la realidad» ha quedado reducido a jirones. La ciudadanía, perdida en un laberinto de grandes y pequeñas mentiras, tiende a convertirse en audiencia perfecta para la propaganda que opera bajo el principio totalitario de que «nada es verdad y todo es posible». Sin embargo, en ausencia de la verdad factual es imposible opinar, debatir en libertad y, mucho menos, gobernar.
Antes de convertirse en la hoja parroquial de MAGA, el ‘Washington Post’ contabilizó las mentiras de Trump durante su primer mandato hasta alcanzar la plusmarca de 30.573 patrañas, incluida la del «robo» de su reelección utilizada como excusa golpista para asaltar el Capitolio. Esta tendencia, multiplicada por la inteligencia artificial, se ha agudizado en su segundo mandato, pero con el agravante de que Trump ha empezado a alejarse cada vez más de la realidad. El problema de esta sobredosis de fantasías resulta especialmente peligroso ante, por ejemplo, el terrible fiasco de Irán.
Donald Trump vive en un mundo en el que no puede equivocarse. Un mundo en el que el pueblo lo ama y sus enemigos lo temen. Sus ocurrencias nunca fracasan, sus victorias son aplastantes y su partido va camino de conseguir otra mayoría. Es el mismo mundo que habita Pedro Sánchez. Tan convencido estaba de que nadie le había alertado de la invasión de Ceuta que ha llegado a desclasificar los documentos que claramente le contradicen. E incluso se atreve a tuitear aleccionando a todo el mundo sobre cómo hay que leer «correctamente» los avisos que cayeron en oídos sordos.
