El Partido Demócrata tenía ante sí un escenario casi ideal para llegar a las elecciones legislativas de noviembre con impulso propio. Donald Trump acumula desgaste en encuestas tras meses de decisiones polémicas, guerras abiertas en varios frentes, tensiones internacionales, una economía sometida a sobresaltos y … una Casa Blanca que gobierna con el método habitual del presidente, la presión y la improvisación, el conflicto recurrente. Pero, aun así, la oposición no acaba de levantar cabeza.
La prueba está en Maine, un estado que debía ser una de las grandes oportunidades demócratas para recuperar terreno en el Senado, que es un objetivo de primer nivel. Allí, Graham Platner, el candidato populista que había ganado las primarias del partido para enfrentarse a la republicana Susan Collins, suspendió su campaña después de una grave acusación de violación que él niega de forma categórica. El caso ha obligado al partido a buscar a toda prisa un sustituto y ha convertido una carrera ajustada en otro episodio de caos interno demócrata.
La republicana Collins es una de las senadoras más veteranas, con una imagen cuidada, un perfil moderado y una capacidad de supervivencia electoral que ha desconcertado durante años a los demócratas, que son en otros puntos dominantes en su estado. Para el partido de la oposición, derrotarla era una pieza central del mapa de noviembre, en el que quieren controlar todo el Capitolio para bloquear el final de la presidencia de Trump. Hacía falta arrebatar asientos republicanos, y Maine aparecía como una de las opciones más claras.
Ahora, esa oportunidad queda dañada antes incluso de que empiece la campaña general. Platner había construido su candidatura sobre una imagen de verso suelto, candidato contra el sistema: veterano de guerra, pescador de ostras de profesión, ajeno al aparato de Washington, populista y con apoyo de figuras como Bernie Sanders, un icono izquierdista. Era el tipo de candidato que una parte del Partido Demócrata ha querido elevar en los últimos años como respuesta al trumpismo: no tecnócrata, menos institucional, más directo, más clase trabajadora e insurgente.
Pero su campaña llevaba semanas arrastrando problemas. Antes de la acusación que ha precipitado su salida, ya había polémica por comentarios pasados, por episodios personales como lucir un tatuaje considerado nazi y por dudas entre estrategas demócratas sobre su capacidad real para derrotar a Collins. La denuncia conocida esta semana terminó de quebrar la candidatura. Platner la niega, pero los apoyos se evaporaron. El partido, que lo había aceptado como una apuesta arriesgada, se encontró de pronto atrapado en una crisis que amenaza una de sus mejores opciones al Senado.
Antes de la acusación contra Graham Platner, su campaña ya arrastraba problemas: comentarios polémicos y un tatuaje considerado nazi
Esto llega después de varias victorias de candidatos de la izquierda socialista frente a aspirantes más moderados en primarias demócratas de estados como Nueva York o Colorado. El fenómeno ha dado más peso a Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, nacido en Uganda y convertido en nuevo hacedor de reyes de la izquierda del partido. Mamdani no puede aspirar a la presidencia, por no haber nacido en EE.UU., pero su influencia es cada vez mayor: al pedir que Platner, el candidato en Maine, se retirara, forzó su caída.
Esto pone de relieve una diferencia esencial entre ambos partidos: no hay un Trump demócrata. Trump ha sido acusado de conductas graves y fue declarado responsable por injuria en el caso civil de violación de E. Jean Carroll, pero su relación con sus bases funciona bajo reglas distintas. Sus votantes no solo han tolerado esos escándalos, en muchos casos los han interpretado como parte de una persecución política contra él. Lejos de hundirlo, esas causas han reforzado su vínculo con el electorado republicano más fiel.
Escándalos y caos interno
Y los demócratas siguen sin resolver su dilema central desde el regreso de Trump al poder: cómo ser una oposición eficaz sin caer en sus propias guerras internas. El presidente ofrece cada semana motivos para una campaña disciplinada contra él. Pero el partido demócrata aparece fragmentado entre pequeños campos de moderados, progresistas, populistas de izquierdas, tecnócratas, viejas figuras del aparato y nuevos candidatos que prometen conectar con la base, pero a menudo llegan sin suficiente filtro político.
En Maine, esa tensión ha estallado en directo. Tras la salida de Platner, varios nombres se han movido para reemplazarlo. Entre ellos figuran Nirav Shah, experto en salud pública; Troy Jackson, antiguo senador estatal y exleñador; Shenna Bellows, secretaria de Estado de Maine y excandidata contra Collins; Jordan Wood, que venía de intentar una candidatura a la Cámara de Representantes; y Dan Kleban, empresario cervecero que había suspendido previamente su propia campaña. También sobrevuela el nombre de la gobernadora Janet Mills, que ya había sido vista por el aparato nacional como una opción más segura.
La historia no invita al optimismo demócrata. Reemplazar a un candidato al Senado después de unas primarias es algo muy poco frecuente y casi nunca transmite fortaleza. En el caso demócrata, además, remite inevitablemente al precedente más reciente y traumático del partido: la sustitución de Joe Biden por Kamala Harris en 2024, una operación improvisada, tardía y a la defensiva, dejó la impresión de un partido que no había querido ver a tiempo la debilidad de su propio candidato.
Trump, mientras tanto, se beneficia de una paradoja. Su presidencia genera rechazo, pero también ordena a su partido porque él manda sin admitir reproches. El Partido Republicano ha asumido que Trump es el centro de gravedad y que los candidatos deben adaptarse a él. Eso produce excesos, pero reduce la ambigüedad. En el Partido Demócrata ocurre lo contrario. Hay rechazo a Trump, pero no una estrategia única para derrotarlo.
Trump se beneficia de crisis
El resultado es que los demócratas no consiguen aprovechar plenamente el desgaste del presidente. Trump acumula problemas, pero sus adversarios no logran convertirlos en una ventaja estable. Cada vez que la Casa Blanca queda expuesta por una polémica, aparece una crisis demócrata que devuelve la conversación al estado de la oposición. Maine es el ejemplo más reciente y quizá uno de los más dañinos, porque afecta a una carrera decisiva para el Senado.
La situación también revela una contradicción del discurso demócrata sobre la selección de candidatos. Platner no era un desconocido para el partido cuando ganó la nominación, había señales de preocupación antes de la denuncia final. Aun así, se impuso en primarias, en parte porque conectó con un electorado cansado de las fórmulas tradicionales, dispuesto a asumir riesgos.
Cada vez que la Casa Blanca queda expuesta por una polémica, aparece una crisis demócrata que devuelve la conversación al estado de la oposición
El partido intentará presentar el proceso como una oportunidad para reagruparse. Hablará de transparencia, de entusiasmo de las bases, de unidad y de derrotar a Collins por ser del partido de Trump. Pero la realidad es más áspera. Los demócratas han perdido tiempo, han dado munición a los republicanos y han abierto una pelea interna en uno de los pocos estados donde podían aspirar a una victoria clara.
Las legislativas parciales serán en noviembre y renovarán toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. En teoría, el clima nacional debería favorecer a los demócratas: el promedio de voto genérico al Congreso de RealClearPolling les da una ventaja cercana a los siete puntos sobre los republicanos, una señal clara de desgaste para Trump y su partido. Pero esa ventaja nacional no se traduce automáticamente en poder.
En la Cámara, donde se eligen los 435 escaños, los demócratas sí aparecen mejor colocados para recuperar terreno. En el Senado, en cambio, el mapa es mucho más estrecho y más duro para ellos: necesitan defender todos sus escaños y, además, arrebatar varios a los republicanos. Por eso el caos en Maine pesa tanto en este punto. No es solo una crisis local. Es una de esas carreras que podían convertir el descontento con Trump en mayoría institucional, y que ahora vuelve a mostrar a un Partido Demócrata incapaz de poner orden ante una oportunidad.
