Cuando Donald Trump recibió personalmente este 23 de septiembre al mandatario chino a los pies de su avión presidencial en la base aérea Andrews, rompió por segunda vez una tradición estadounidense de más de seis décadas. La primera fue en agosto de 2025, cuando mostró la misma deferencia hacia Vladímir Putin en Alaska … en una cumbre que levantó tantas expectativas ante la esperanza de que terminase la guerra de Ucrania como decepciones cuando fracasó.
En esta ocasión, las apuestas ante la cumbre China-EE.UU. eran mucho más contenidas, pero el simbolismo de estas formas reveló algo mucho más valioso que la limitada practicidad de su contenido. Y es que Trump concibe un mundo dividido entre tres hombres fuertes: Xi, Putin y él mismo. El resto, sean sus quejumbrosos socios europeos de la OTAN, la incómoda Canadá, las progresivamente disciplinadas naciones hispanoamericanas o el irreductible Irán, son meros secundarios en las notas a pie de página de la historia.
Xi estaba devolviendo la visita que Trump le prodigó en mayo, una visita agridulce, pues el inquilino de la Casa Blanca intentó presentarse con dos éxitos geopolíticos en su baza negociadora: la captura de Nicolás Maduro y la aniquilación del régimen iraní, secando dos de las tres fuentes de petróleo barato de China junto con Rusia. Este segundo as, sin embargo, cayó de su manga de tahúr, dejándole con un estrecho de Ormuz cerrado, una constelación de aliados regionales en llamas, el barril de petróleo a 100 dólares (88 euros) y una inflación que amenaza sus elecciones de medio mandato.
Ahora, a pocas semanas de estos comicios, con un régimen iraní que, conocedor de su vulnerabilidad, ha activado a los hutíes para cerrar también el estrecho de Bab el Mandeb, y con la deuda estadounidense superando los 40 billones de dólares (35 billones de euros), las perspectivas para Trump son incluso más negativas. Ni siquiera su promesa de pagar 5.000 dólares (4.400 euros) a cada adulto estadounidense si ganaba ha sido vista como un intento real de comprar votos, sino como un reconocimiento tácito de que el varapalo electoral es tan ineludible que nunca tendría que cumplir dicha promesa.
Por ello, resulta comprensible que haya intentado por todos los medios evitar abrir un nuevo frente con el gigante asiático con dos medidas que chocan con su abandonada asertividad anti-China. En primer lugar, ha enterrado la fallida guerra arancelaria que desató con gran pompa el año pasado, extendiendo la tregua de los Acuerdos de Busán hasta enero de 2027. En segundo lugar, ha improvisado habilidosamente la IA como puente de entendimiento diplomático y ha lanzado el primer diálogo bilateral sobre su seguridad. A esta visión de la IA como amenaza (que recuerda a los tratados de no proliferación nuclear de la Guerra Fría) se contrapuso su visión también como oportunidad económica, manifestándose en la invitación a la cena de gala de los líderes de las compañías tecnológicas más punteras, incluyendo a los directores ejecutivos de Nvidia (Jensen Huang), AMD (Lisa Su), SpaceX (Elon Musk) y Apple (Tim Cook).
Por su parte, Xi respondió a este cortejo diplomático dejándose querer y recordando los momentos de cercanía de la nación asiática con unos EE.UU. que cumplen 250 años, iniciados con George Washington coleccionando porcelana china y consolidados con la visita de Richard Nixon a Mao en 1972, antes de aprovechar para alertar, como hizo en mayo, sobre la necesidad de superar la Trampa de Tucídides, que plantea el riesgo de conflicto entre una potencia ya establecida, como EE.UU., y una emergente, como China. Y es que la diferencia entre un presidente que promete castigos arancelarios y uno esperando bajo la escalerilla de un avión pueden ser solo unos meses de diferencia.
Juan Luis López Aranguren
Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Zaragoza y autor de ‘El eje del mundo que viene’ (Ariel)
