Hace algunos meses, el Tribunal Supremo de Roma estampó a fuego una sentencia histórica dentro de la criminalidad de la capital italiana. Sí, Michele Senese, alias O Pazz, es mafia. Mientras hoy descuenta años en la cárcel tras ser condenado en el proceso ‘Affari … di Famiglia’ (‘Asuntos de Familia’), los magistrados han confirmado –además– la existencia del clan, envuelto entre otras cosas en blanqueo de capital y usura a empresarios de renombre. Embadurnado de fango, pero con mucho músculo aún. Así camina hoy.
El capo de los Senese llegó a Roma a finales de los años setenta, justo cuando la urbe era una ciudad abierta desde el punto de vista criminal. Se mostraba como un enjambre misterioso y contradictorio, exento de cúpula organizada capaz de gobernar su infinito territorio. De hecho, la tarta era tan grande que los vicios ilegales y criminosos se los repartían entre muchos: grupos salvajes autóctonos (Casamonica en el este; Spada en Ostia), los reductos de la vieja y azuzada ‘Banda della Magliana’, los sicilianos, los albaneses después y algunas pirañas de la ‘Ndrangheta’… Por encima de todos ellos, Senese, un mito arribado de Afragola (cerca de Nápoles), enseguida ganó pulso en la ciudad, sobre todo tras liderar su oposición frente a otro brazo camorrista que ya estaba insertado en el tejido urbano. Era Raffaele Cutolo, arquitecto de la Nueva Camorra Organizada. Una de las figuras criminales más potentes de la segunda mitad de siglo en todo el país. Un mártir cristiano convertido en estampa desde 2021, cuando falleció.
«Ya podemos hablar de camorrización romana. Históricamente, esta ciudad se distinguió más por su praxis criminal desordenada que por una perfectamente organizada y dirigida por un ‘boss’ que lo maniata todo. Siempre se han repartido pedazos, porque hay muchos, efectivamente». Las palabras son de Alfonso Sabella, magistrado del Tribunal de Roma, con un importante pasado a sus espaldas en la cruenta y sanguinaria Palermo, más tradicional y atávica, con una retórica –en dialecto– secular y homogénea en temas mafiosos.
Retazos más difíciles de detectar en una Roma invertebrada y virgen en estas lides, un lugar que además ha tratado siempre de tutelarse para seguir corrompiendo, chupando de la loba. Sus tormentas, se decía para minimizar y despistar, eran dos vasos de agua. «El ejemplo es cuando el Tribunal Supremo descartó la ‘mafiosità’ en el proceso Mafia Capitale. Se festejó mucho en la ciudad. Por varios motivos… Uno de ellos es porque se pensaba que todo estaba resuelto», asevera. Lejos de la realidad, el ‘modus operandi’ de esa red de acuerdos fraudulentos tocando funcionarios de la administración pública (al mando, Massimo Carminati, exterrorista vinculado a grupos neofascistas), ese famoso mundo intermedio ubicado entre el glamur y los excrementos del alcantarillado… Sí, ha cambiado de traje, de color, de formas. Todo para seguir siendo igual, aunque mostrando justo el reverso.
Camaleones que no disparan
Cuando se habla de Michele Senese, cuyos flexibles tentáculos son capaces de pendular entre suburbios y piedras milenarias, rápidamente hay que evitar la potente retórica de los clichés, entonces sumergidos entre códigos tribales, sangre, familia, series, grifos de oro, decoración rococó y el váter del artista Maurizio Cattelan. Todo distracciones, paisaje que impide ver.
No, para cimentar su poder comenzó trazando relaciones, abriendo canales infinitos y mostrando argucia y determinación en el diálogo. El control total y absoluto de la cocaína y los estupefacientes sin aspirar a dominar el territorio entero, sino las mentes que cohabitaban en él. La metáfora de Jep Gambardella (Toni Servillo, personaje imaginario, casi onírico, de ‘La Gran Belleza’) lo explicaba mejor que nadie: «No aspiro a participar en las fiestas, sino a tener la posibilidad de estropearlas». Exacto, ese es el verdadero poder.
«Ha evitado guerras de mafias aquí. Con la Cosa Nostra, por ejemplo. Su figura es capital para entender todo, a menudo vinculado con un extremismo de derechas. Roma es la mayor plaza italiana en temas de narcotráfico. Yo lideré, en su día, el caso de Grande Raccordo Criminale, ese que se llevó por delante a Fabrizio Piscitelli (Diabolik, entonces ultra de los Irriducibili de la Lazio). Había perfume de mafia allí… Bien, pues en medio de todo esto siempre estaba lo que yo llamo camorrización urbana», subraya el juez Sabella. Diseccionado, se traduce como una capacidad inaudita para aparecer, simbióticamente, en todas las fotos de familia que dibujan este aura oscura de una Roma eterna que no puede morir. Ya lo está. Da igual el rostro, porque se ha patentado el quehacer.
Las plazas del narcotráfico
A orillas del Tíber, esa linfa que aún hoy nutre la capital, se tejen alianzas móviles, intereses comunes y relaciones transversales. Se usan tanto estaciones abandonadas como palacios ministeriales. Hay tiburones y caimanes. Sin embargo, algo permanece impertérrito: la centralidad de los Senese en los frágiles equilibrios. Desde prisión, no le importa ser el padrón del sistema, sino el garante del mismo. No mata; controla que no haya homicidios.
«Su impronta en Roma es como una vuelta al pasado de Nápoles. Las plazas donde se trafica con droga, en el imaginario colectivo, puede parecer poca sustancia. En realidad, son trozos de territorio robado al Estado. Allí, el Estado del bienestar lo crean los propios criminales. Ellos dan trabajo para que opere esta maquinaria elemental, donde hay centinelas, vedetes, pushers (menores usados como mano de obra), gente que les lleva de comer, familias que –con omertà– operan en connivencia, el cartero… Quien, a veces, es un desocupado que necesita dinero. Un anciano, incluso. No hay balas para no llamar la atención», subraya con ahínco.
«El Estado del bienestar lo crean los propios criminales. Ellos dan trabajo para que opere esta maquinaria elemental»
Alfonso Sabella
Juez del Tribunal de Roma
Cuando habla de plazas, Alfonso Sabella se refiera a zonas periféricas como San Basilio, Tor Bella Monaca, La Romanina, el litoral romano o el Quarticciolo, cuya morfología se basa en un implante urbanístico de los años treinta, aprobado por Benito Mussolini. Se prestan, como por ejemplo Forcella o Sanità en el centro de Nápoles, a ser usadas como un teatro perfecto para traficar. La topografía del terreno las delata. A todas: pequeñas atmósferas autosuficientes, coloreadas con calles estrellas y exigentes. Con subterráneos en algunos casos. Lugares en los que, si no es fácil entrar, salir se antoja prácticamente imposible. Arquitectónicamente son interesantes, pero están estigmatizadas. Han claudicado y renunciado a la vida. Son macabras.
Metamorfosis en el holding familiar
El final es el principio. Durante las investigaciones llevadas a cabo en el proceso ‘Asuntos de Familia’ salió a la luz cómo el grupo Senese, con todo su engranaje mediante, trató de crear un holding familiar para invertir el dinero extraído de allí. En esta metamorfosis, no cambia el origen, sino la manera de invertirlo. Dotándole ínfulas algo más sofisticadas.
Porque sí. Roma no es Corleone. Tampoco Afragola. Los Senese lo saben, luego se erigen como redentores en la fragmentación, renunciando al gobierno tiránico. No importa la monarquía; basta con controlar las federaciones. Así, la pirámide se ha hecho gigante. «En el centro de Roma hay tiendas de lujo, restaurantes sofisticados, hoteles cinco estrellas… Todos a nombre de personas, administradores delegados en cuya dirección fiscal aparece la Via Modesta Valenti 3-5-9. Es una calle virtual que se da a los sintecho para que tengan un domicilio», aclara.
El mapa está hecho, pero es invisible, por hermético e impenetrable. Entre no lugares y menos disparos, surge un submundo de aumento de capital inflado, testaferros fantasmas, políticos que miran a otro lado, puertos de mar y aeropuertos. como Fiumicino, en conexión con Suramérica. Hay un dato interesante: Roma participa con un ingente porcentaje en los 40.000 millones de euros al año (2% del PIB italiano) que, según fuentes oficiales, mueve la mafia, que no se sabe bien dónde termina y comienza. La histórica fotógrafa palermitana Letizia Battaglia dijo una vez que había dejado de retratarla porque no sabía dónde estaba. Efectivamente, puede que no le faltara razón.
