Mientras aumenta la tensión entre Estados Unidos e Irán, el Ejército israelí continúa sus ataques aéreos y lleva a cabo demoliciones en serie en el sur del Líbano, concretamente en la región de Nabatiyeh (tanto dentro como fuera de la «zona de amortiguación») y … en Mansouri, en el distrito de Tiro. Esta escalada se produce tras semanas de violencia centrada en la colina de Ali al Taher, donde las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) acaba de realizar una ofensiva.
Una vez más, los israelíes afirman haber atacado «infraestructuras terroristas en la región de Nabatiyeh» en respuesta al «lanzamiento por parte de Hizbolá, durante la noche, de dos drones de ataque» contra sus soldados, aunque sin causar víctimas.
Layal acaba de regresar a Marjayoun tras pasar unos días en Beirut por motivos laborales: «Me sentía muy mal estando tranquila en la capital mientras mi familia y mi región no tienen tregua. Esta noche ha habido muchísimos bombardeos, y también durante el día. Ha habido otro hace cinco minutos. Todos los días es así. Los israelíes nunca se detendrán. Seguirán hasta destruir la última casa chií».
Más allá del desastre humano, económico y social, la intervención israelí está provocando sucesivas catástrofes ecológicas. Desde el inicio de las hostilidades, los habitantes de la región y las autoridades locales denuncian la prohibición de acceso a las tierras, olivares y huertos, así como el robo de árboles centenarios e incluso milenarios.
Sin embargo, lo que hoy preocupa aún más son las consecuencias que los incendios recurrentes y las detonaciones tienen sobre el relieve del terreno. El pasado 31 de agosto, los libaneses presenciaron con estupor el derrumbe de una parte de la colina de Qantara, en el distrito de Marjayoun, a raíz de múltiples explosiones provocadas por el Ejército israelí. Ya en abril, el Centro Nacional de Geofísica había señalado que sus estaciones de vigilancia, del norte al sur, habían registrado ondas sísmicas similares a las de un terremoto. El fenómeno se debía en realidad a una explosión en la zona de Qantara, donde el Ejército israelí había volado infraestructuras de Hizbolá.
Guerra subterránea
El analista político y económico François el-Bacha comenta: «Las destrucciones militares en el sur del Líbano ya no alteran únicamente el paisaje visible; generan efectos medibles a escala territorial. El suceso de abril produjo ondas lo suficientemente nítidas como para ser detectadas por la red nacional. Esta firma sísmica plantea interrogaciones sobre las consecuencias medioambientales y civiles de la guerra subterránea».
«En pueblos ya expuestos a bombardeos constantes -continúa explicando-, las estructuras suelen estar debilitadas. Muros agrietados, carreteras dañadas y redes de agua o electricidad precarias pueden sufrir efectos adicionales. La explosión de una red subterránea también puede dificultar el retorno de los habitantes, ya que altera la estabilidad del terreno y aumenta los riesgos asociados a municiones sin explotar o a derrumbes». El analista subraya que la guerra contra los túneles «no termina con la detonación. Se abre entonces una fase de verificación, retirada de escombros, cartografía de riesgos y evaluación de daños, tareas que las autoridades libanesas solo pueden llevar a cabo correctamente si se garantiza el acceso al terreno».
Ralentiza el regreso de los desplazados
Por el momento, no pueden hacerlo. El episodio del pasado lunes ilustra cómo el suelo se ha vuelto inestable, con las consecuencias que ello conlleva: un edificio aparentemente intacto puede asentarse sobre un túnel derrumbado, y una carretera puede estar debilitada aunque parezca transitable. Todos estos factores podrían comprometer una futura reconstrucción. Como mínimo, es preciso tenerlos en cuenta pues inevitablemente ralentizarán el regreso de las personas desplazadas.
Bajo condición de anonimato, una fuente diplomática confiesa: «Estas destrucciones medioambientales tienen un único objetivo: impedir que las poblaciones desplazadas regresen y convertir esta zona en un territorio totalmente vacío».
Las autoridades libanesas han acusado en repetidas ocasiones al Ejército israelí de incendiar deliberadamente zonas agrícolas en el sur del país. Si bien algunos incendios se originaron a raíz de bombardeos, otros podrían haber sido fortuitos. Miles de hectáreas han quedado reducidas a cenizas, sobre todo porque la defensa civil a veces tarda en intervenir, ya que las fuerzas israelíes no autorizan de inmediato su acceso a los lugares afectados.
«Lo queman todo. Las tierras, los árboles. Todo está calcinado. Y lo que no lo está, ha quedado contaminado por el fósforo blanco que utilizaron»
Elias
Libanés que vive en un pueblo fronterizo
Desde el oeste hasta la costa, los testimonios de los habitantes que permanecieron en la zona coinciden con lo observado por Elias, que vive en un pueblo cristiano fronterizo: «Lo queman todo. Las tierras, los árboles. Mire, todo está calcinado. Y lo que no lo está, ha quedado contaminado por el fósforo blanco que utilizaron».
La fuente diplomática explica: «Lo más preocupante desde el inicio de este conflicto es que se nota una política de tierra quemada por parte de Israel. Esta actitud es nueva en comparación con anteriores invasiones del territorio libanés, pero se está volviendo sistemática. Demuestra la voluntad de crear un espacio desprovisto de viviendas, construcciones y cualquier forma de vida para impedir el retorno de los habitantes que se vieron obligados a huir».
A preguntas de la agencia AFP sobre estas cuestiones medioambientales, el Ejército israelí respondió que es «consciente del impacto medioambiental potencial de sus actividades en la región» y aseguró que adopta «medidas de precaución para reducir los daños causados a los civiles y al medio ambiente».
