
El pasado 26 de agosto, muchos periódicos italianos amanecieron con la noticia que, al parecer, Matteo Salvini (número dos del Gobierno Meloni) está presionando a la ‘premier’ italiana para acudir a las urnas en otoño de 2027, algo que la figura máxima de Fratelli … d’Italia rechaza, decantándose por primavera. Aunque el líder de la Lega camufla su decisión en un simple deseo de llevar la legislatura hasta su fin natural (el Gobierno de centrodestra comenzó en octubre’22), esconde un cierto temor a la irrupción del ultraconservador Roberto Vannacci y a unos sondeos que no le ponen en buen lugar dentro de su propio partido, y que le alejan irremediablemente del retorno al Viminale como ministro de Interior. Él lo anhela y Giorgia Meloni lo sabe, aunque de momento se muestra cauta. Entiende que cuando Atenas llora, Esparta no sonríe.
Es, precisamente, la fuerza del grupo quien la ha llevado hasta ahí, desoyendo inicialmente esos manidos y oxidados clichés que la revestían de una sombra negra heredada del Duce. Ahora, una vez convertido en el Gobierno italiano más longevo de la República, falta lo más complicado, y eso pasa por consolidarse en un país complejo y contradictorio: por un lado, hábil para pactar y establecer compromisos exprés; por el otro, con una insoportable tendencia a lo transitorio. En revertir ese duro mármol consistirá el gran reto. No el único, pero sí el más incisivo y determinante. El más difícil, ya que se trata de romper una cadena, una conducta inherente al carácter.
«La estabilidad ha creado un beneficio económico determinante. Se ha reducido la prima de riesgo. Ídem, con el desempleo. También han mejorado las cuentas públicas, aunque la deuda es enorme. Deberá menguar, y es uno de los grandes desafíos para los próximos meses», argumenta Giordano Bruno Guerri, historiador y escritor italiano, en su día uno de los candidatos para haber sido titular de Cultura con Giorgia Meloni. Además, experto de Gabriele D’Annunzio. «Es positiva que la inmigración irregular haya calado, y el mantenimiento de la línea Atlantista en favor de Ucrania. Sin olvidarnos del conocido como Plan Mattei con África», resalta. Se trata de una estrategia de cooperación y desarrollo para consolidar y reforzar allí relaciones económicas, energéticas y diplomáticas a través de una conducta paritaria.
La línea está clara. En articular más esos dosieres, precisamente, pasa el futuro del actual Gobierno italiano, dejando como némesis al Campo Largo (binomio centrosinista Schlein-Conte) y a un Matteo Renzi camaleónico, hoy pidiendo la vez como centro reformista con músculo y osatura. Quizás, lo que siempre fue.
Un guiño a EE.UU.
La cuenta atrás ha comenzado. Por eso, una de las últimas entrevistas de Giorgia Meloni fue al periódico liberal ‘New York Times’, acérrimo enemigo y refractario de la praxis del presidente. «Pensaba que sería más fácil con él», dijo. Lógicamente, Italia no se concibe sin América. Fue siempre así, y ahora no va a cambiar. Ahí se entiende este alegato indirecto y en diferido.
«Nuestra reputación internacional ahora es ejemplar. Incluso hemos conseguido cuadrar las cuentas, algo que en el pasado no hicieron ejecutivos técnicos, liderados por Mario Monti o Draghi, por ejemplo. Europa nos mira. A nivel nacional, el plan está marcado: defender el poder de compra, invertir en trabajadores, familias y empresas. Nuestros recursos están concentrados ahí. Respecto a la inmigración, decir que Europa sigue nuestra línea en lugar de la de Sánchez. Queremos seguir erradicando las llegadas de clandestinos. Por último, Occidente no se puede dividir. EE.UU. para nosotros es imprescindible. Tenemos que trabajar en la misma dirección para neutralizar China y Rusia, grandes amenazas», relata a ABC Francesco Fillini, diputado y responsable del departamento del programa FDI.
No lo dice, pero Meloni mira de reojo al Quirinal para el post Mattarella. Sería la primera mujer en la historia italiana en ocupar un púlpito ubicado en esta preciada colina, y que ni siquiera el caimán Giulio Andreotti (siete veces primer ministro) fue capaz de atrapar. Para ello, entrarían otros poderes fácticos en juego, aunque postergados a largo plazo. En las citas más inmediatas, seguir cultivando vínculos con el Vaticano… Además de solventar el problema de la natalidad y mostrar una mayor apertura a la eutanasia, quizás, podrían mecer el ya fecundo cuaderno.
