Seis meses después de que Donald Trump y Benjamín Netanyahu lanzaran un ataque sorpresa contra Irán, la guerra ha mutado en una «Operación Aislamiento Económico» con la que Estados Unidos pretende asfixiar al enemigo. La lluvia de misiles durante 40 días y el asesinato del … Líder Supremo, Alí Jamenei, y una parte importante de la cúpula del sistema islámico no fueron suficientes para lograr los objetivos: el derrocamiento del régimen, el final de los programas nuclear y balístico y el final de las relaciones entre Teherán y sus grupos aliados en la región, como Hizbolá o los hutíes. El conflicto ha causado enormes daños militares y económicos, pero la república islámica sigue en pie, conserva capacidad de respuesta y ha ganado una carta de presión que desconocía hasta el estallido de la guerra: Ormuz.
La diplomacia trabaja con intensidad para intentar resucitar el memorando de entendimiento firmado en junio por los presidentes Trump y Masoud Pezeshkian. Ese texto de 14 puntos era un marco provisional para detener la guerra y negociar un acuerdo final en 60 días, pero transcurrido el plazo ambas partes se acusaron mutuamente de violar lo pactado y todo quedó en un limbo. En las últimas 72 horas han pasado por Teherán el jefe del ejército de Pakistán y principal mediador, Asim Munir, el ministro de Exteriores de Omán, Badr bin Hamad Al Busaidi, y el primer ministro de Catar, Mohamed Al Thani.
El cierre de Ormuz afecta directamente al mercado energético mundial, pero muy en especial a las economías del Golfo, por eso se multiplican los esfuerzos de mediación para evitar la vuelta a una guerra a gran escala. La guerra contra Irán ha cambiado por completo la sensación de seguridad de los países vecinos. Durante décadas, tener bases estadounidenses era sinónimo de protección, pero ahora te convierte en objetivo de las represalias iraníes y Washington no tiene la capacidad de blindar a sus aliados.
Analistas como Marc Lynch, politólogo estadounidense que en su día acuñó el término «primavera árabe», no han dudado a la hora de calificar la actual situación como «el fin del Oriente Medio estadounidense», con Irán como «el último estertor de un orden fallido», según un extenso análisis publicado en Foreign Affairs. Lynch considera que «la incapacidad de Estados Unidos para proteger a sus aliados del Golfo de los ataques iraníes o para mantener abierto el estrecho de Ormuz ha socavado de forma fatal el pacto de seguridad fundamental que justificaba su red de bases militares en la región».
Tanto Trump como Netanyahu claman victoria a las puertas de las citas con las urnas que tienen en sus respectivos países, pero esas palabras están alejadas de la realidad y por eso Netanyahu contempla la posibilidad de tener que volver a atacar en el futuro próximo. Según el diario económico israelí Calcalist, la guerra ha obligado a Israel a asumir que debe prepararse para una «guerra recurrente» con Irán, un escenario que «elevará durante años el gasto militar, la prima de riesgo y la presión sobre las cuentas públicas».
División en Irán
El régimen no da síntomas de estar cerca del colapso y cuenta con un nuevo líder más joven, Mojtaba Jamenei, y en absoluto paradero desconocido desde su nombramiento por motivos de seguridad, lo que ha provocado un mar de rumores sobre su estado de salud. Dentro de la nueva cúpula del sistema se vive un debate público sobre la estrategia a seguir. Los principales dirigentes políticos apuestan por centrarse en poner fin a la guerra y reforzar la economía, pero los sectores más duros, como Mohsen Rezaei, jefe de seguridad nacional, hace gala de un tono desafiante.
Mohamed Ghalibaf, presidente del parlamento y jefe negociador, defiende que no habrá seguridad si el país ignora su crisis económica ya que «por mucho poder militar que tengamos, si nuestro pueblo está sufriendo y el país carece de circulación financiera y crecimiento económico, no lograremos avanzar. Como alguien que ha vivido la guerra, comprendemos el verdadero valor de la paz». Pezehskian está en la misma línea y apuesta por negociar porque el impacto más duro de las sanciones lo pagarán los ciudadanos y no se puede prolongar de forma indefinida el estado de «no guerra, no paz». Rezaei amenazó con una represalia «sísmica» contra quienes se sumen a la «guerra económica» de Trump.
Las autoridades iraníes consideran que el objetivo de la nueva guerra económica es crear un caos interno en el país que provoque una explosión social como la de enero, cuando se produjeron protestas multitudinarias a causa de crisis del rial. La respuesta del régimen fue brutal y el desenlace, sangriento. Desde entonces, además de hacer frente a la amenaza exterior en forma de bombardeos, se ha reforzado la seguridad en las calles ante la posibilidad de nuevas movilizaciones y la presencia de espías enemigos.
