Justo cuando se cumplió una semana de los dos terremotos que sacudieron Venezuela, el cielo se puso colorado, como si alguien le hubiese prendido fuego. Una nube de polvo rojo con aspecto de mortaja cubrió las nubes de un país que se desangra. Qué más … queda por ocurrir, se preguntaron los ciudadanos, exhaustos ya, tras jornadas de réplicas. Ha transcurrido una semana, siete días en total, y aún no existe en Venezuela una cifra oficial de fallecidos. El gobierno habla de dos mil. La ONU, en cambio, prepara un envío de 10.000 bolsas para cadáveres. La única verdad, además de la muerte y total devastación, es el abandono en el que viven los venezolanos desde hace décadas. Antes de esta tragedia, a la zona litoral de Venezuela, La Guaira, ya la azotó un deslave en diciembre de 1999. Veintiséis años después, los niños que sobrevivieron entonces son los adultos que esperan bajo los escombros a ser rescatados —ojalá los hubiera aún— o aquellos que fallecieron aplastados. Una generación completa sin pasado ni futuro.
La séptima entrega de esta serie titulada ‘Mi tierra tiembla’ —publicada a diario en las páginas de ABC desde el 24 de junio— despliega hoy, a manera de resumen, las hojas de un almanaque funesto. De aquel primer día del temblor, allí donde hubo edificios apenas quedaron solares abiertos, columnas partidas y paredes en el aire. Los vecinos salieron a la calle sin saber si buscar a los vivos o contar a los muertos. Algunos cavaron con las manos. La ayuda no llegaba. Los vecinos sí. Y con ellos familiares venidos desde Caracas y otras partes del país. Al segundo día, los escombros empezaron a devolver historias. Amir Infante resistió con medio cuerpo atrapado bajo una placa. Le dieron agua, un caramelo y palabras para mantenerlo alerta, pero igual murió a la espera de brigadas y equipos internacionales de rescate todavía en camino. Ni rastro de militares o policías, apenas Protección Civil, ya entonces desbordada por la situación.
De aquellas horas conservan los ciudadanos el recuerdo de un border collie con un ojo azulado y el otro castaño —Tsunami— que rescató decenas de personas con vida y, sobre todo, el amor propio de un pueblo abandonado por sus gobernantes. «Esta gente no tiene nada para trabajar, ni cables, ni palas», escuché decir a Jhorman Piñero, uno de los cientos de voluntarios que bajaron hasta La Guaira por sus propios medios a rescatar víctimas. Entre ellas, las de Misión Vivienda, construcciones sociales de bajo coste con el que Hugo Chávez dijo premiar al pueblo con casas cuando en realidad les había regalado una tumba. Todas se vinieron abajo como naipes. ¡Estaban hechas de cartón!
Al tercer día del terremoto, el chavismo resucitó. Tras 48 horas de silencio e indolencia, la presidenta encargada Delcy Rodríguez, su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, y el ministro del Interior Diosdado Cabello aparecieron ante la nación. No para auxiliar, sino para controlar. Se inventaron salvoconductos y levantaron alcabalas. Desplegaron militares no para remover escombros, sino para vigilar a quienes sí lo hacían. La tragedia empezó a tener perímetro, órdenes, castigos, vigilancia. Para entrar a la zona de desastre de La Guaira había que registrarse; para ayudar, esperar; para informar, tragar. A los corresponsales los identificaron y segregaron, para enseñarles solo una parte de lo ocurrido. La ayuda internacional comenzó a abrirse paso entre la burocracia y la urgencia. Rescatistas extranjeros, organizaciones humanitarias, médicos y voluntarios se volcaron en la búsqueda. La desesperación superó al miedo cuando los hermanos y hermanas; los padres y las madres, y los hijos e hijas de las víctimas increparon a los funcionarios que obstaculizaban los rescates o se abalanzaron para abroncar a la rapiña —casi toda militares uniformados y policías— que rebuscaba entre los escombros el dinero en efectivo, los electrodomésticos o cualquier cosa de valor que pudieran revender, mientras personas vivas pedían auxilio bajo los escombros. Una semana después de los terremotos que asolaron Caracas, La Guaira y la región costera, el cielo se tiñó de rojo y en el puerto, donde antes había barcos, ahora hay ataúdes. Esta es la cuenta atrás de una semana en la que Venezuela demostró ser más valiosa que quienes la gobiernan.
