Inclinado sobre la patena, Wissam, diácono de la Iglesia greco-católica melquita de San Jorge (Mar Geryes) en el campamento palestino de Dbayeh, corta metódicamente el pan que será consagrado durante la misa. La ceremonia que está a punto de comenzar tiene un significado especial … para él: se ofrece por su progenitor, Abu Anouar (‘el padre de Anouar’), fallecido hace un año. Abu Anouar –Boulos, según su nombre de bautismo– era la memoria viva de este campamento, el último testigo de aquella generación que tuvo que abandonar Palestina tras la creación del Estado de Israel en 1948 para refugiarse en el Líbano. Entonces tenía 11 años.
La familia de Wissam resume por sí sola la historia, pasada y presente, de su pueblo. Mientras coloca pequeños triángulos de pan alrededor de la pieza central, Wissam comenta: «Estos trocitos son para distintas personas e intenciones. Este es para Netanyahu. Rezo por él cada domingo, aunque haya matado a mi prima».
En diciembre de 2023, la muerte de Nahida y de su hija Samar ocupó los titulares y provocó una enérgica protesta por parte del Papa Francisco. Wissam explica: «Nahida fue asesinada por el Ejército israelí mientras se encontraba en la iglesia de Gaza. Samar, su hija, corrió hacia ella y recibió un disparo en plena cabeza. Aunque su hermano, que acudió también al verlas desplomarse, resultó herido, sobrevivió».
La mayoría de los habitantes de Dbayeh tienen «parientes» en Gaza. A pesar de su propio drama personal, se preocupan por ellos aunque nunca los hayan visto «en carne y hueso». Al ser refugiados a perpetuidad, carecen de documentos oficiales que les permitan viajar. Los momentos más difíciles fueron aquellos en los que se cortaron las comunicaciones y nadie sabía qué suerte corrían los demás. Como reacción, se vieron banderas palestinas en las calles de este único campamento cristiano del país. Fue algo inédito. Los palestinos musulmanes de los otros once campamentos suelen reprochar a los cristianos de Dbayeh que no están tan comprometidos con su causa como ellos. Por ese motivo, aunque bajo unos pretextos distintos, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA) se abstiene de prestarles la ayuda que sí ofrece a los campamentos musulmanes.
«No sé cómo vamos a pagar las tasas escolares», se lamenta sor Magda, una religiosa belga de las Pequeñas Hermanas de Nazaret que vive aquí junto a otras dos religiosas. Los otros campamentos cuentan con escuelas gratuitas de la UNRWA. En Dbayeh, los alumnos deben buscar colegios privados muy caros. Una particularidad del Líbano es que la enseñanza se imparte en francés o en inglés. Las escuelas públicas suelen impartir las clases en francés. Dado que los palestinos son mayoritariamente anglófonos (Palestina estuvo bajo mandato británico y no francés, a diferencia del Líbano), no tienen más remedio que elegir centros privados que enseñen en inglés. Antes de la guerra de 1975, el campamento contaba con una escuela. Fue destruida durante el conflicto y la UNRWA no aceptó su reconstrucción, alegando falta de recursos económicos.
Atención médica desigual
La misma excusa utiliza la Unrwa para no proporcionar la atención médica necesaria. En Dbayeh, su dispensario carece prácticamente de medicamentos y médicos. Los demás campamentos lo reciben todo. Los enfermos son atendidos en hospitales de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) –aunque no lleven ese nombre–, o hay ambulancias gratuitas para trasladarlos a los centros más cercanos. Aquí, todo recae sobre las religiosas, una de ellas enfermera, que van de casa en casa. Últimamente, han logrado montar una «clínica» a la que médicos especialistas acuden por turnos.
Al ser consultada sobre esta diferencia de trato, la UNRWA alega la falta de fondos y el hecho de que la población de Dbayeh es reducida: 1.772 personas según la agencia de la ONU (4.636 registradas), frente a un total de 114.206 repartidas en los 12 campamentos del país (265.484 registradas). Y, si se contabiliza a los refugiados que viven fuera de los campamentos, en los llamados «agrupamientos», las cifras se duplican.
«A la UNRWA los cristianos les importa un pimiento», comenta Elías. En su opinión, esta falta de interés se debe a que «no queremos que nos politicen. Si aceptáramos instalar una oficina de Fatah (partido que gobierna la Autoridad Nacional Palestina), mañana mismo encontrarían el dinero que hoy les falta».
«A la UNRWA los cristianos les importa un pimiento. Si aceptáramos instalar una oficina de Fatah, mañana mismo encontrarían el dinero que hoy les falta»
Lo que los campamentos tienen en común es lo que se asignó a cada familia a su llegada: una parcela de unos 100 metros cuadrados en cuya esquina se había construido una habitación de 12 metros cuadrados de fibrocemento. Estaba, y sigue estando, prohibido construir una planta adicional. Estas restricciones pretendían subrayar el carácter provisional de la situación a la espera de una solución política. Las viviendas debían ser «refugios», no «hogares».
«Amar a los enemigos, a pesar de todo»
Resignado ya ante esta evidente discriminación contra los cristianos, Wissam termina los preparativos de la misa por su padre. Sus hermanos, Anouar y Rabieh, se acomodan, al igual que su esposa Rana y su hijo Geryes. Lour, la hermana de Wissam, ha llegado desde un pueblo cercano donde encontró alojamiento tras verse obligada a abandonar Alma al Chaab, en la ‘zona de amortiguación’. En marzo, esa localidad del sur del Líbano recibió una orden de evacuación y quedó totalmente despoblada. Wissam confiesa: «Los israelíes ocuparon la casa de mi hermana y la dejaron en un estado indescriptible».
En este campamento cristiano se ven menos banderas palestinas que en los musulmanes (en la primera foto). En la segunda imagen, una panorámica de este emplazamiento que ya se ha convertido en una ciudad, por cuyas callejuelas corretean los niños (última foto). .
(N. Duplan)
A pesar de todo este sufrimiento, Wissam explica que reza por los israelíes «porque eso es ser cristiano: amar a los enemigos, a pesar de todo». Cuando contaba su historia, Abu Anouar afirmaba que guardaba menos rencor a los israelíes que a los ingleses y a los jordanos, quienes, según él, se habían confabulado a costa de los palestinos y los habían traicionado.
Con su fino bigote, sus gafas redondas, sus pantalones de pana y sus polos bien planchados, Abu Anouar tenía el aire antiguo de un palestino salido de la época del mandato británico. Era una de las pocas personas del lugar que recordaba el pueblo de origen de la mayoría de los refugiados de Dbayeh: Al Bassa. Le gustaba rememorar cómo, en 1948, su padre decidió poner a salvo a su familia tras producirse varios incidentes, convencido de que las hostilidades amainarían y de que regresarían pronto a casa. Especialmente porque, según el plan de partición de la ONU de 1947, Al Bassa quedaba dentro del territorio palestino.
De lugar provisional al destino de su exilio
Abu Anouar nunca volvió a ver su pueblo, situado al borde de la llanura y rodeado de olivos, granados, higueras y manzanos. Por ironías del destino, sus padres se habían instalado primero en Alma al Chaab, justo en la frontera. Allí nació uno de sus hermanos, al que llamaron Loubnan (Líbano), para no olvidar aquel episodio de sus vidas. No imaginaban que sus otros hijos también nacerían en aquella tierra, que se convertiría en el lugar definitivo de su exilio.
Tras pasar tres meses en Alma al Chaab, y por orden de las autoridades, la familia se trasladó a Rashidieh, cerca de Tiro, donde permaneció hasta 1952. Desde allí fueron llevados a Dbayeh, pero no al campamento actual, sino a un asentamiento a lo largo de la carretera principal. Abu Anouar recordaba con precisión las tiendas de campaña que les sirvieron de refugio durante cuatro años y en las que entraba el agua cuando llovía. En 1956, cuando la UNRWA construyó el campamento con estructuras más sólidas, se trasladaron de nuevo. Por aquel entonces, las cerca de 500 familias vivían sin agua corriente ni electricidad y compartían dos aseos y dos duchas comunes.
Setenta años después, Abu Anouar se fue hacia su última morada. No pudo cumplir su sueño de contemplar Jerusalén antes de morir. Como solía decir una de sus vecinas, él sabía que «el cementerio está más cerca que Palestina». Así pues, con nostalgia, recitaba los versos de un poema que le gustaba especialmente: «Palestina se hundió entre gritos y lágrimas / fue abandonada, sola, en el campo de batalla…».
