La ley de la nueva política dice que cuanto más compleja sea la pregunta, más sencilla tiende a ser la respuesta. A la entrada de Sderot, ciudad del sur de Israel junto a Gaza, por cuyas calles penetraron los terroristas de Hamás el 7 de octubre, … una valla publicitaria electoral preside una de las rotondas que tomaron las camionetas de los atacantes. A un lado aparecen Netanyahu y sus aliados; al otro, los líderes palestinos e iraníes. El eslogan no deja lugar a dudas: «Derecha o Palestina».
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EXPERTO EN ORIENTE PRÓXIMO
Manuel P. Villatoro
En realidad, las elecciones del próximo martes, en el corazón del avispero de Oriente Medio, plantean un dilema entre la derecha y la derecha. Los proyectos utópicos de convivencia entre palestinos e israelíes que defendía aquella izquierda de los kibutz socialistas con chanclas y molinillos de viento en la entrada de casa hechos con botellas de agua recicladas murieron también en la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre. Nadie defiende ya abiertamente la convivencia con los palestinos. Tampoco la solución de los dos estados. Ni siquiera el pacto con los partidos árabes israelíes. Así llegó el fin de la inocencia.
Los amigos de Mazal, calcinados
Mazal Tazazo tenía 33 años el 7 de octubre de 2023, la mañana en que la música del festival Nova por la Paz, en Reim, a tiro de piedra de la Franja de Gaza, se interrumpió de pronto. Cuando comprendió lo que ocurría, ya se encontraba atrapada entre el fuego de los terroristas y buscaba refugio detrás de un coche en el aparcamiento del festival. Echó a correr con Danielle y otro amigo hasta esconderse entre unos arbustos. Cuando los atacantes dieron con ella, se hizo la muerta. Uno de ellos le asestó un culatazo en la nuca que la dejó inconsciente. Al despertar, permaneció inmóvil. La sangre le cubría la espalda y una herida en el cuello convenció a los terroristas de que no merecía la pena gastar una bala en rematarla. Asesinaron a sus amigos y después los quemaron. Los restos fueron apareciendo poco a poco, diente a diente.
«Ya no hay izquierda y derecha. Todos se han ido a la derecha. Aquella confianza se ha roto»
«A Danielle la enterré tres veces. La última, hace cinco meses». Lo cuenta en el memorial de Nova, un homenaje desordenado en el que las fotografías de los 400 fallecidos miran al visitante desde un mundo que ya no existe. A sus pies se amontonan peluches, monedas y amapolas artificiales. Casi todos eran guapos y jóvenes; podrían haber sido DJ de moda, ‘tiktokers’, surfistas o todas las cosas juntas. Junto a las imágenes se leen frases que pronunciaron en vida y que, de pronto, han perdido el sentido: «Don’t worry, be happy» y otros lemas de un optimismo que terminó por traicionarlos.
Mazal Tazazo, superviviente del Nova en el memorial por las víctimas en Re’im, junto a Gaza. En un momento de la conversación, acaricia las fotos de sus compañeros y amigos que murieron a su lado en el Nova el 7º (tercera imagen, tras el atentado)..
(Chapu Apaolaza)
Mazal, cuyo nombre significa fortuna, sobrevivió a aquella mañana, pero no salió indemne. «Los terroristas se han llevado parte de mi pureza, de mi inocencia. No solo lo sentimos quienes estuvimos en la fiesta. Le sucede a todo el país. Algo en el aire ha cambiado». El cambio tiene una explicación política: aquella izquierda que todavía creía posible el entendimiento con los palestinos se convirtió en una de las víctimas de los atentados. Con ella quedaron enterradas, al menos por ahora, sus angelicales propuestas. Sus protegidos les quitaron la razón a balazos.
Un poco más allá, bajo los carteles que explican la masacre, junto a las neveras del pequeño bar que los terroristas acribillaron con gente dentro, Ofri confirma la fractura. Creció en el kibutz Mefalsim, de niña se bañaba en la playa de Gaza y vio cómo los atacantes palestinos disparaban tres veces en el abdomen a su padre. Una bala le salió por la espalda, pero logró sobrevivir milagrosamente. El país, dice, se ha partido en dos en torno a Netanyahu, aunque la división ya no responde a las viejas etiquetas políticas. «Ya no hay izquierda y derecha. Todos se han ido a la derecha. Aquella confianza se ha roto».
Oshrid camina entre los hierros oxidados y retorcidos de lo que fue la granja del kibutz Nahal Oz, al sur, frente a Gaza City, que asoma al otro lado de la frontera como una montaña de escombros. Su historia se parece a la de tantas otras víctimas de esta rutina de muerte, torturas y destrucción que comenzó el 7 de octubre a las seis y media de la mañana, cuando los terroristas entraron por la puerta trasera del kibutz y asesinaron a los trabajadores tanzanos de la granja lechera.
Después quemaron las vacas. Luego llegó todo lo demás. Ahora, Oshrid es la alcaldesa del kibutz, dirigía entonces el área de Educación de la comunidad. Recuerda que el 92% de sus miembros votaban a la izquierda. «El martes serán muchos menos. Aquí hemos perdido la fe en la paz. Los terroristas consiguieron lo que querían: que la gente se radicalizara».
Oshrid, alcaldesa del kibutz Nahal Oz.
(Chapu Apaolaza)
Nadie se atreve a pronosticar qué sucederá el martes ni si Netanyahu conseguirá revalidar el Gobierno después de una legislatura que, tras los atentados, parecía tener perdida. Los fallos de los servicios de inteligencia fueron tan graves que pocos se habrían atrevido a apostar entonces por la continuidad del viejo Bibi, que lleva dos décadas en el poder. Sin embargo, ahí sigue.
Marcos de fotos descoloridas en la plaza de Dizengoff, memorial a las víctimas del 7 de octubre.
(Ch. Apaolaza)
«Su roca permanece intacta», admite el analista político Hamitail Stein que tampoco se aventura a pronosticar si el primer ministro alcanzará los 60 escaños de la Knéset que necesita para formar Gobierno. Bibi continúa al frente de su bloque. Según Stein, su supervivencia política se explica en parte porque Israel vive al día y olvida el pasado en una suerte de amnesia constante, casi cotidiana. «Si las cosas van bien y has sobrevivido al final del día, si has ido al supermercado y a la pastelería, olvidas lo anterior. Hace unos días secuestraron un vuelo de Fly Dubai e intentaron cometer un atentado de grandes dimensiones. Dos días después, la prensa ya no hablaba de ello».
El cambio, sin embargo, parece inevitable, aunque solo sea por el tiempo que Netanyahu lleva al mando. La capitana A., fuente de las Fuerzas de Defensa de Israel, reconoce ante un grupo de periodistas invitados al país por la Embajada de Israel en España que el relevo resulta necesario. Otro teniente coronel retirado de la inteligencia militar también apuesta por un cambio de Gobierno que permita recuperar terreno en la batalla por la opinión pública internacional y modificar el rumbo de la política israelí en el Líbano, Siria y Gaza.
Otra mano de hierro
Los temas de fondo del escenario de la política son otros: una economía cansada, la inflación, el fin de la exención militar de los ultraortodoxos, la sostenibilidad de todos los frentes de guerra -muchos de los soldados que combaten en Siria y en Líbano son reservistas que llevan meses movilizados-, o si Netanyahu está convirtiendo a Israel en un mero ‘proxy’ (intermediario servidor) de los Estados Unidos.
La madre de Shireh Sarah Golan, desconsolada, se abraza a la foto de su hija, que no llegó a cumplir 24 años porque murió a manos de Hamás.
(Chapu Apaolaza)
Desde la perspectiva europea, las diferencias entre Netanyahu y su principal rival tampoco resultan tan profundas. Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor, veterano de la legendaria brigada Golani y cerebro de la doctrina Dahiya, que promueve el empleo de la fuerza contra las localidades libanesas desde las que actúa Hizbulá y que toma el nombre de la localidad del sur de Beirut destruida por el Ejercito israelí representa también la línea dura. Más blanda, quizás, pero dura en todo caso. Otra mano de hierro.
Fuentes militares reconocen a ABC que el relevo en el Gobierno sería bueno para recuperar terreno en la batalla por la opinión pública internacional y modificar el rumbo de la política israelí en el Líbano, Siria y Gaza
El arma electoral de Netanyahu consiste en advertir de que Eisenkot no puede alcanzar una mayoría sin los partidos árabes, con los que estaría dispuesto a pactar según el Likud. Para el primer ministro, esa alianza rompería una tradición política del país. Además, permitiría abrir la puerta a la solución de los dos Estados, un tabú en plena guerra y con un gran porcentaje de la población con necesidades de atención psicológica o psiquiátrica.
Los partidos árabes, que representan en torno al 15 % de la población, ya participaron en una coalición de Gobierno a comienzos de la década que en la actual coyuntura resulta innombrable. Ni siquiera la oposición, que necesita sus escaños para gobernar casi en todos los escenarios demoscópicos, se atreve a mencionar abiertamente una alianza con ellos por temor a desangrar sus propias bases electorales. Qué harán si Eisenkot derrota a Netanyahu el martes es, por ahora, una incógnita. La nueva política también permite prometer algo y hacer exactamente lo contrario. En eso no son tan distintos a España.
