Vladímir Putin visita desde ayer Pekín con máxima reverencia, redundante demostración de la «amistad sin límites» que une a China y Rusia, también a sus respectivos líderes, en su oposición a Occidente. El mandatario ruso mantendrá hoy un encuentro con Xi Jinping, en un aparte del foro que festeja el décimo aniversario de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, una de las grandes apuestas del régimen chino en sus aspiraciones globales.
Xi ha protagonizado esta mañana la ceremonia de apertura del evento, celebrado en el Gran Palacio del Pueblo, al borde de la plaza de Tiananmen. Durante su intervención, ha presumido de que China ya representa el principal socio comercial para «más de ciento cuarenta países y regiones del mundo» y, al mismo tiempo, ha criticado las medidas de países occidentales para reducir su dependencia. «Estamos en contra de sanciones unilaterales, de la coacción económica, del desacople y de las disrupciones a la cadena de suministros […]. Nuestras vidas no serán mejores ni nuestro desarrollo más rápido si vemos el desarrollo de otros como una amenaza y la interdependencia económica como un riesgo». Xi también ha presentado un plan de ocho puntos para modernizar la Nueva Ruta de la Seda, gracias a la cual «China se abre cada vez más al mundo» y «su mercado está más interconectado».
Acto seguido, ha dejado paso al invitado de honor. En el corazón de la capital china, Putin ha pronunciado su primer discurso internacional desde el comienzo de la invasión y posterior guerra de Ucrania. El ruso ha alabado la Nueva Ruta de la Seda y ha llamado a invertir en el mar del Norte. «Rusia y China, como la mayoría de países del mundo, comparten el deseo de una cooperación igualitaria y mutuamente beneficiosa para conseguir un progreso económico universal sostenible a largo plazo y el bienestar social, respetando al mismo tiempo la diversidad de civilizaciones y el derecho de cada Estado a su propio modelo de desarrollo», ha señalado.
Ruptura geopolítica
La Nueva Ruta de la Seda representa la más ambiciosa de las iniciativas de Xi. Esta aspira a vertebrar la conexión de China con el resto del mundo por tierra y mar, para así impulsar los intercambios comerciales. A lo largo de la última década, el régimen ha destinado a dicho fin una cantidad estimada alrededor del billón de dólares, la mayor parte en forma de inversiones y préstamos a proyectos de infraestructura y energía en países en vías de desarrollo.
«Desde el comienzo ha evolucionado de manera significativa», apunta Christoph Nedopil, fundador y director del Green Belt and Road Initiative Center. «Mientras que al principio transmitía una idea de apertura en la que todo el mundo podía participar, el libro blanco publicado la semana pasada posiciona al BRI [o Nueva Ruta de la Seda] como una alternativa a modelos de desarrollo occidentales, los cuales este documento critica por haber exacerbado la desigualdad en el mundo».
Este progresivo filo ideológico ha provocado que la iniciativa pierda dimensión global. «En 2017, líderes de veintinueve países viajaron a Pekín para asistir al primer foro de la Franja y la Ruta, número que ascendió a treinta y siete durante el segundo en 2019. Esta semana, en cambio, solo veintitrés jefes de Estado y Gobierno asisten al tercer foro», incidía un informe reciente del Consejo de Relaciones Exteriores.
Entre los representantes de ciento treinta países congregados estos días en Pekín, el más destacado mandatario europeo es el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien ayer desafió a las instituciones comunitarias manteniendo un cordial encuentro con Putin. Italia, el único país del G7 que fraguó su adhesión a la Nueva Ruta de la Seda mediante un memorando de entendimiento, ha expresado por boca de su primera ministra, Giorgia Meloni, su voluntad de abandonar el proyecto.
Amistoso encuentro
A lo largo de esta tarde, Putin y Xi, «viejos amigos», mantendrán una cumbre bilateral en la que pondrán de manifiesto una vez más su sintonía personal. La atención internacional sobre su agenda se ha visto desplazada por la crisis de Gaza. También en este conflicto ambos países se han posicionado, por definición, en el lado opuesto a Occidente. Tanto Rusia como China han evitado criticar directamente los ataques terroristas perpetrados por Hamás. «La cuestión fundamental es la falta de justicia para los palestinos», acordaron esta semana sus ministros de Exteriores, Wang Yi y Serguéi Lavrov, en una reunión previa.
El último viaje de Putin a China se remonta a enero de 2022, con motivo de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín. A la conclusión de esta cita deportiva las tropas rusas cargaron sobre Ucrania. Desde entonces, China no ha proferido crítica alguna, y aunque ha respetado las sanciones impuestas por la comunidad internacional, ha mantenido una postura de pretendida equidistancia que esconde en realidad un apoyo implícito, manifestada en la compra masiva de suministros energéticos. Dichas transacciones han disparado el intercambio comercial, que por primera vez este año superará los 200.000 millones de dólares, y también la asimetría de una relación en la que Putin, invitado de honor, es también cada vez más un protegido.
