Lo que más llamó la atención a Tocqueville en ‘La democracia en América’ fue la normalidad con la que los ciudadanos y las instituciones de Estados Unidos interpretaban el sistema democrático liberal, que resultaba muy complejo en Europa, donde se asociaba a la revolución y … la algarada callejera. En América la democracia nunca fue un instrumento revolucionario, sino el resultado de un compromiso ciudadano e institucional que permitiera la convivencia y garantizara los derechos recogidos en el marco legal de una Constitución. Para las izquierdas ideológicas, la democracia era solo un paso intermedio hacia la ruptura violenta de la sociedad liberal. Para los populismos, un camino abierto hacia la demagogia. Para los norteamericanos era, sencillamente, un sistema político razonablemente justo y fiable. Los americanos no necesitaron leer a Tocqueville para desarrollar la democracia. Los europeos sí. Por esa razón, entre otras, las elecciones de medio mandato (‘midterms’) han dado la mayoría a los demócratas en las dos Cámaras del Congreso y han equilibrado el poder acumulado por el presidente Trump en los dos últimos años. Quien, a juicio de los votantes, no lo ha sabido interiorizar ni ejercer.
Si no hubiera sido tan contundente, la victoria del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato habría significado un proceso político habitual en un sistema que renueva su Cámara de Representantes cada dos años, su presidencia cada cuatro y la totalidad del Senado cada seis. Ese flujo electoral que confronta las propuestas de los partidos con los intereses de cada ciudadano y cada estado, y que elige al jefe del Estado por un periodo limitado de dos mandatos, deriva de forma natural en un sistema de equilibrios que garantiza el control del poder y el debate público en el marco del Estado de derecho. De manera poco frecuente, un presidente y un partido toman las riendas del poder porque la mayoría de los votantes deciden trasladar a las instituciones mayor capacidad de cohesión ante retos históricos significativos o crisis alarmantes.
La polarización interna y la competición externa entre potencias derivó en un apoyo masivo a Donald Trump en 2024, para hacer frente a una situación de creciente incertidumbre en la sociedad americana e internacional. Pero, en ningún caso, en la cesión incondicional de una democracia de 250 años de experiencia a un presidente y a un ideario ‘MAGA’ poco respetuoso con las instituciones, las alianzas, el coste de la vida, el precio del diésel y con las expectativas de los emprendedores. Trump fue elegido para luchar contra el crimen y la inmigración ilegal, no para crear un organismo represivo privado como el ICE (la Policía de Inmigración). A Trump le dieron la confianza para reducir la conflictividad internacional y no para dejar abierta la guerra de Ucrania y cerrado el estrecho de Ormuz. Para seguir las indicaciones del Estado Mayor en materia de seguridad, y no para cesar a altos mandos. Para hacer entrar en razón a Netanyahu y negociar con Xi Jinping, y no para cuestionar las alianzas tradicionales de Estados Unidos. Para considerar Canadá y a su primer ministro como un aliado insustituible y no para reclamar Groenlandia desde el Despacho Oval.
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ANÁLISIS
Francisco de Andrés
Los americanos eligieron al líder republicano confiando en pagar menos impuestos y en que su dinero no iba a ser derrochado por los programas ultraprogresistas, orientados a deshacer paulatinamente la democracia en América y en el resto del mundo. Y también eligieron a Trump confiando en que la presión social del movimiento ‘woke’ se desvanecería en los medios, las universidades y las ciudades norteamericanas, atestadas de víctimas de la propaganda progresista y radical y del tráfico de droga y el crimen. Y ahora, los electores equilibran el poder del presidente, con nuevos políticos locales demócratas, muchos de los cuales se encuentran lejos de la perversa ideología de la izquierda radical y cerca de la moderación liberal que ha caracterizado al Partido Demócrata hasta que el socialismo y el ‘wokismo’ lo abrieran en canal durante dos décadas.
Aunque dicen que de Donald Trump puede esperarse cualquier cosa, si el presidente republicano entiende el mensaje de la inmensa mayoría de votantes, hartos del populismo de izquierda y derecha, tal vez consiga salir de la Casa Blanca honrosamente. No como Reagan, en olor de multitud, pero sí por una puerta distinta a la de Nixon. Una salida que diera opción al Partido Republicano a recomponer algunas de sus figuras brillantes, como Marco Rubio, para afrontar el reto, genuinamente americano, de seguir ejercitando la normalidad democrática cada dos años.
José María Peredo Pombo
Es Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid (UEM)
