Donald Trump es supersticioso y, aun así, vuelve esta noche al escenario de una de sus madrugadas más amargas. A partir de las siete de la tarde (una de la madrugada, hora peninsular española), recibirá en el Salón Este de la Casa Blanca a … invitados de todo el país para seguir los resultados electorales. El presidente aún confía en desafiar los pronósticos, dar un vuelco a las encuestas y que la fortuna vuelva a sonreírle. Pero fue en ese mismo espacio donde, en la madrugada posterior a las elecciones de 2020, con el resultado aún por decidir y Joe Biden todavía en condiciones de ganar, se proclamó vencedor, pidió detener el recuento y lanzó una ofensiva para presentar como fraude la derrota que acabarían confirmando las urnas.
Es el final de una maratón: siete mítines en seis días, unos 13.400 kilómetros entre destinos y una última jornada con nueve intervenciones telefónicas previstas para reuniones virtuales. A sus 80 años, Trump ha echado el resto. Después de los actos del domingo en Iowa y Kansas, entró en la Casa Blanca a la 01:55 de la madrugada del lunes (07:55 de la mañana, hora peninsular española del lunes). Apenas unas horas después volvía a la carga, decidido a exprimir hasta la última oportunidad de movilizar a los suyos. Ha estado en Alaska, ha estado en Florida, ha volado a California y a Ohio. Es el ritmo de una campaña presidencial.
El presidente ya había votado anticipadamente el sábado 24 de octubre en una biblioteca de West Palm Beach, Florida, donde está ahora su residencia permanente. Entonces aseguró haber optado por todos los candidatos republicanos. Lo hizo en persona, pese a haber reclamado anteriormente que se limitara también el voto anticipado por sus denuncias de fraude. Y, con su papeleta ya depositada, siguió recorriendo el país para pedir el voto de los demás: esa misma jornada tenía un mitin en Georgia, para ver si conseguía impulsar a unos candidatos republicanos desanimados ante las encuestas.
En este largo periplo electoral, en que ha pedido a los estadounidenses que voten como si él estuviera en las papeletas, Trump ha perdido la paciencia. Le molesta un foco, le incomoda una pregunta indiscreta y le irrita que le digan que parece cansado. El 21 de octubre, de regreso de un mitin en Carolina del Sur, interrumpió una conversación con los periodistas en la base de Andrews para quejarse de la iluminación: «¿Por qué no me quitas esa luz de la cara?». La reportera se disculpó y las preguntas continuaron.
Ocho días después, una pregunta de un periodista de Reuters sobre cómo llevaba tantas semanas de viajes provocó una reacción mucho más áspera. «Estás enfermo por hacer esa pregunta», le espetó al reportero. Después se revolvió contra su aspecto físico: «Mirad a este tipo. Está completamente fuera de forma». El presidente acababa de anunciar que sustituiría su visita a Kansas por una intervención telefónica, aunque finalmente recuperó el mitin. Preguntarle por el desgaste de la campaña bastó para desatar ese ataque personal.
El esfuerzo, sin embargo, lo había reconocido él mismo. En un mitin en Misisipi, con la voz ronca, se quejó de que Dios no había hecho las cuerdas vocales para dar un discurso diario. A sus 80 años, reivindica una resistencia inagotable, pero recibe con creciente irritación las preguntas sobre sus límites. Está más lento, se le ven los tobillos más hinchados, las manos con más moratones por la aspirina que toma para prevenir problemas cardiovasculares. Aun así, ha mantenido un ritmo frenético hasta el último momento, sabedor de lo mucho que se juega.
Trump se juega la pérdida de autoridad
Y lo que se juega Trump este martes es el margen de poder con el que gobernará los dos últimos años de su mandato. Si los demócratas conquistan la Cámara de Representantes, podrán bloquear su agenda legislativa, investigar a su Gobierno y obligar a sus altos cargos a comparecer. Si también recuperan el Senado, tendrán capacidad para frenar sus nombramientos. Para un presidente que ha convertido estas elecciones en un plebiscito sobre su persona, una derrota supondría además una pérdida de autoridad dentro de su partido justo cuando empiece a abrirse la batalla por sucederlo.
Por si acaso, el presidente se guarda un recurso conocido: denunciar fraude cuando el resultado le es adverso. Lo ensayó ya en la primera (caucus) de Iowa de 2016, cuando perdió frente a Ted Cruz, lo acusó de haberle robado la victoria y pidió repetir la votación o anular el triunfo de su rival. Aquella derrota no se revirtió, pero Trump acabó conquistando la candidatura republicana.
Esta vez, además, su Gobierno ha anunciado el despliegue de cerca de mil supervisores y observadores electorales. Lo excepcional no es su presencia, ya que el Departamento de Justicia envía observadores desde 1965, sino que por primera vez abarcará todos los 50 estados. Su misión oficial es vigilar el cumplimiento de las leyes federales que protegen el voto; el despliegue, por sí mismo, no demuestra que exista fraude. Pero la imagen es la de darle argumentos a un presidente en apuros para poder volver a sus viejas denuncias de que le han robado lo que es suyo.
