Decíamos, iniciando esta serie de crónicas, que comenzando la segunda mitad de la pasada centuria, se generó en la ciudad una gran expectativa por el desarrollo de grandes iniciativas que buscaban posicionarla como una de las urbes más atractivas para la inversión y a fe que lo fue, lástima que éstas no dejaran huellas de progreso, pues la mayoría sólo produjeron réditos para los empresarios foráneos quienes no se preocuparon por dejar vestigios de su paso, llevándose consigo todos los beneficios y dejándonos el cascarón vacío y en ocasiones, ni siquiera eso.
Pero sin más quejas, pasemos a mencionar algunos de los más importantes proyectos esbozados para ser exhibidos durante el año de la mención. Vamos a comenzar por mostrar el interés por la construcción de algunas edificaciones que para la época marcaron un hito en el perfil urbanístico de la ciudad.
En primer lugar, una de las empresas pujantes del departamento que llevaba sólo unos años funcionando, pero que ya había calado en el espíritu de sus habitantes y venía expandiéndose vertiginosamente a nivel nacional, a buen ritmo y sobre todo, con unas finanzas sólidas y un manejo honesto y prudente, como se caracterizaba la mayoría de los emprendimientos de entonces, la Lotería de Cúcuta, era por decir lo menos, la empresa insignia del Departamento. En solamente nueve años, la empresa había logrado consolidarse como una de las más estables y seguras empresas de la región y del país, en su sector. De los $6.500 de premio mayor con que inició sus sorteos en 1944, hoy rondaba los $25.000 y además, ofrecía sorteos extraordinarios, que en ese año eran del orden de los $300.000 una cifra notablemente importante, pues involucraba en total 1.115 premios que sumaban la bonita cifra de $540.000. Lo mejor del cuento era que los billetes tenían solo cuatro cifras, sin series ni demás arandelas que le cuelgan hoy a los billetes, que las han hecho desaparecer y que en oposición, hicieron florecer otras opciones, tal vez más atractivas por sus cuantías pero menos por las probabilidades de acertar. Pues bien, para conmemorar su noveno año, en el mes de marzo día de su aniversario y siendo las cinco de tarde, fue inaugurado solemnemente el edificio que a partir de ese momento sería su sede administrativa y comercial, en la calle novena identificada con el número 5-49, un edificio de dos plantas que como bien lo dijo el gerente, Luis Felipe Ramón en su discurso de estreno, ‘servirá de ornato y embellecimiento a la Perla del Norte’. Todavía existe, hoy en día, el bien en mención, que aunque deteriorado presta sus servicios a un conjunto de locales comerciales y oficinas con las comodidades que fueron, en el pasado, motivo de orgullo y de satisfacciones.
El teatro de la Lotería de Cúcuta
Considerado un éxito la construcción del nuevo edificio, la Lotería emprendió la tarea de decidir en qué invertir los remanentes que le fueron quedando a medida que transcurrían los sorteos, así pues y considerando las múltiples necesidades de la población, se inclinaron por proporcionarles opciones que hasta el momento estaban orientadas a los estratos más pudientes de la sociedad y por esa razón se decidieron por brindarles la oportunidad de disfrutar de las novedades del momento que no eran otras que la cinematografía, que hasta el momento era una actividad estrictamente privada, ejercida por empresas que tenían el predominio de las pocas películas que llegaban al país y a la ciudad y que en algunas ocasiones habían sido objeto de manifestaciones de inconformidad por el trato que se les brindaba a los asistentes y los escasos títulos que se ofrecían.
Tal como puede leerse en alguna de estas crónicas, en las que a raíz de un conato de incendio en el teatro Santander, las gentes, en lugar de solidarizarse, se mostraron jubilosos, argumentando que era consecuencia de la mala calidad y los malos tratos que recibían de la empresa. Por consiguiente y teniendo en cuenta las circunstancias, la Junta Directiva, emprendió la difícil tarea de evaluar las propuestas que habían presentado cuatro de los más representativos constructores que tendrían la misión de erigir el mejor teatro que tendría la ciudad.
Presentaron sus proyectos las firmas Ibáñez y Manner, quienes habían licitado la construcción del edificio comercial del antiguo lote donde funcionó, años atrás, el mercado de la ciudad, que posteriormente construyeron y que hoy es conocido como el Edificio San José; la firma de ingenieros constructores de Bucaramanga Ingarco y en representación del sector constructor de Cúcuta, las firmas Asicon y la empresa de los hermanos Morales, Rodrigo y Rogelio, arquitectos contratistas de amplio reconocimiento en la ciudad, miembros de la Sociedad de Arquitectos de Colombia y quienes habían participado de la construcción del recientemente inaugurado edificio de la Lotería.
Asignado el presupuesto y decidida la obra, su construcción duró algo más de un año y el 17 de septiembre del año siguiente se inauguró con la exhibición de la película ‘El Manto Sagrado’; para ese día se estableció una tarifa de entrada de $5 y la respuesta del público fue notoria, al punto que las boletas se agotaron en cuestión de minutos. Merece recordar que el Teatro Zulima era una de las dos salas más modernas del país, con todos los equipos innovadores de la época pero lo que más llamaba la atención era la comodidad de la silletería americana del tipo reclinomático, que fue por muchos su característica distintiva.
La Botica del Táchira
En este año y para regocijo de nuestras gentes, cumplía sus bodas de plata comerciales el distinguido empresario farmaceuta Dióscoro Méndez God. Se había iniciado en esta actividad en el puerto de Encontrados y ampliado la cobertura de sus negocios de comercialización de productos farmacéuticos, industriales y de perfumería a la ciudad de San Cristóbal y posteriormente a Cúcuta, todas bajo la razón social de Dióscoro Méndez God & Cía y los establecimientos comerciales se denominaban Botica Vargas, así funcionaban y eran reconocidos en los tres lugares. En Cúcuta, participaba del negocio en asocio con Martín Hernández P. apreciado caballero de grata recordación entre sus paisanos por sus dotes personales.
Pero su principal ocupación se centraba en la fabricación de los productos que expendía en su nuevo local comercial de la avenida séptima entre calles 10 y 11. De su laboratorio, ubicado unas cuadras más abajo, al que se identificaba como Laboratorios Diosmengod, era para él la ‘joya de la corona’ de la cual estaba orgulloso, pues no era para menos, ya que los visitadores del Ministerio de Higiene habían conceptuado, en reiteradas ocasiones, que era el mejor instalado de los Santanderes. Coincidencialmente, su producto estrella era el Ponche Crema Diosmengod distribuido exclusivamente por las Rentas Departamentales de Antioquia, pues a través de las rentas regionales no le fue posible concretar ninguna negociación. Cuando la Botica Vargas fue adquirida por la firma Edmundo Mora & Cía. don Dióscoro fundó ‘La Casa del Niño’, un establecimiento que buscaba satisfacer las necesidades de la madre y el niño, almacén que se constituyó en el precursor de su conocida Botica del Táchira. El establecimiento funcionó hasta el año 2012, administrado por sus sucesores y posteriormente absorbido por las actividades comerciales aledañas, sin que haya sido modificada su estructura, manteniendo las mismas características con las que fue construida hace casi noventa años.
Redacción
Gerardo Raynaud D.
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