Frente a lo admirable capacidad expeditiva del sistema parlamentario del Reino Unido a la hora de cambiar de gobierno, el sistema presidencialista de Estados Unidos tiene un ritmo de transición muchísimo más lento. De hecho, durante el periodo que abarca entre las elecciones de medio … mandato –previstas para el próximo 3 de noviembre– y la toma de posesión de un nuevo presidente dos años después, los ocupantes de la Casa Blanca son conocidos como ‘lame ducks’ (patos cojos), una metáfora de su capitidisminuido poder y de su cada vez más evidente fecha de caducidad.
A pesar de que faltan 35 días para la cita electoral en la que se renovará toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, la cojera política de Trump resulta cada vez más evidente. La ilustración perfecta se produjo la semana pasada, cuando fue personalmente a recibir, a pie de escalerilla, a Xi Jinping. Por tradición protocolaria, los presidentes nunca se presentan en la base de Andrews para recibir a líderes extranjeros. Una deferencia que tampoco tuvo Xi cuando Trump visitó Pekín en mayo.
No hace tanto tiempo, Trump podía presumir de ser «el jefazo» del mundo. Pero ahora, su irrelevancia es imposible de ignorar. Su discurso ante la Asamblea General de la ONU apenas generó titulares, salvo los relacionados con su amenaza de «aniquilar» a Irán. Pero incluso esa fanfarronada genocida sonó a disco rayado porque Trump se encuentra atrapado en un conflicto de la que está desesperado por salir. Su batalla comercial contra aliados tradicionales ha llevado a esas naciones a buscarse la vida al margen de Washington. Su campaña para anexionarse Groenlandia ha quedado en casi nada. Y, por supuesto, sigue siendo incapaz de poner fin a la guerra en Ucrania.
En el frente doméstico, ante la perspectiva de una catástrofe electoral, los candidatos republicanos han empezado a alejarse en masa del responsable de tantas calamidades para sus votantes. Algunos análisis hablan del «botón del pánico», otros de una estampida. Desesperado, el Partido Republicano intenta no ser aplastado por un presidente menguante, pero pesadísimo.
