María Corina Machado consiguió escapar de Nicolás Maduro, pero nueve meses después, con Maduro preso en Nueva York y buena parte del mundo que conoció entonces transformado, no ha conseguido regresar a Venezuela. Y según ha podido saber ABC y ha visto en primera persona … esta semana, lo ha intentado siete veces, por tierra, aire y mar, desde Estados Unidos, Panamá, islas del Caribe y otros lugares, mediante vuelos comerciales, aviones privados y embarcaciones preparadas para recorrer en sentido inverso la ruta por la que salió clandestinamente de su país. Todos los intentos han terminado de la misma manera.
El último fracaso se produjo este martes, cuando se cerró también la posibilidad de alcanzar Venezuela a través de dos de las islas neerlandesas del Caribe frente a Venezuela, Aruba y Curaçao. Era la alternativa improvisada después de que una supuesta avería frustrara, apenas unas horas antes, la salida por mar desde Panamá. Machado volvió así a quedarse a las puertas de su país. Su equipo había bautizado el plan como operación Ítaca, una referencia al regreso a casa después de una larga odisea. Pero Ítaca tendrá que esperar. La sucesión de averías, permisos retirados, rutas cerradas y obstáculos de última hora ha sido tal que, para varios testigos directos de este periplo, empieza a resultar difícil atribuirlo todo a una simple acumulación de coincidencias.
La paradoja resume buena parte de lo sucedido en Venezuela desde enero. Cuando Maduro seguía en Miraflores y todo su aparato de seguridad buscaba a Machado, ella consiguió abandonar clandestinamente el país, internarse de noche en el Caribe y alcanzar Curaçao. Ahora Maduro está encarcelado en Estados Unidos, pero la dirigente que encabezó la oposición y cuyo candidato ganó las elecciones de 2024 sigue sin encontrar una ruta que le permita volver. El hombre del que tuvo que escapar ya no está allí. Buena parte del sistema que construyó, sí.
Machado salió de Venezuela en la noche del 8 de diciembre de 2025, disfrazada, sin pasaporte y a bordo de una pequeña embarcación. Desde entonces ha recorrido medio mundo: Oslo, Roma, Washington, Santiago de Chile, Madrid y Panamá. Ha recibido el Nobel de la Paz, ha entrado dos veces en la Casa Blanca, ha visto caer a Maduro y ha asistido desde fuera a la transformación del régimen que combatió durante más de dos décadas. Sólo le ha faltado aquello que desde el principio había prometido hacer: regresar.
El aparato chavista conserva, pese a la caída de Maduro, buena parte del control de las fronteras y de los resortes de seguridad del Estado. A ello se añadió durante los primeros meses una considerable cautela internacional ante cualquier movimiento que pudiera alterar el delicado equilibrio establecido alrededor del Gobierno interino de Delcy Rodríguez. La posición pública de Washington, sin embargo, ha sido clara después. Marco Rubio y otros altos cargos sostuvieron que Machado podía regresar cuando quisiera y, el 8 de julio, el propio Trump negó que estuviera impidiendo su vuelta. «Yo no le dije que no regresara. Creo que es una buena persona», dijo a los periodistas a bordo del Air Force One después de la cumbre de la OTAN en Turquía.
Lo cierto es que las dificultades continuaron. Después de los terremotos del 24 de junio, Machado decidió que no podía seguir esperando indefinidamente fuera. Venezuela atravesaba una catástrofe, la oposición necesitaba reorganizarse y, a su juicio, la transición corría el riesgo de convertirse en una fórmula permanente que mantuviera en el poder a buena parte de quienes habían gobernado con Maduro. Comenzó entonces una sucesión de intentos para volver que ha terminado convirtiéndose en otra odisea.
El 26 de junio despegó de Virginia en un avión privado rumbo a Curaçao. Desde allí pretendía alcanzar Venezuela, previsiblemente por mar, del mismo modo en que había salido. Las autoridades neerlandesas habían autorizado inicialmente el aterrizaje. El permiso, sin embargo, fue retirado cuando el avión de Machado ya estaba en el aire y tuvo que regresar. Aquel episodio dejó además una dificultad añadida: cualquier nuevo intento de utilizar las islas neerlandesas quedaba desde entonces sometido a un escrutinio mucho mayor.
Dos días después volvió a intentarlo desde Panamá. El domingo 28 de junio trató de embarcar en un vuelo de Copa hacia Caracas, pero tampoco pudo subir al avión. Hubo después otros intentos, con distintas rutas y fórmulas, que tampoco llegaron a completarse. Unas alternativas se cerraron durante su preparación; otras no pasaron de sus últimas fases. Cada fracaso reducía las posibilidades disponibles y hacía necesario preparar el siguiente con mayor discreción.
Para cuando Machado regresó a Panamá en septiembre habían fracasado ya cinco fórmulas distintas. El sexto y el séptimo intento debían ser diferentes. No habría un vuelo directo a Venezuela y se intentaría reducir al mínimo el número de autorizaciones necesarias. Durante días, los detalles se mantuvieron compartimentados entre un grupo muy reducido. El punto de partida, la ruta y la hora se fueron comunicando sólo a quienes necesitaban conocerlos. Nueve meses después de escapar por el Caribe, Machado había decidido recorrer el camino inverso.
Panamá se convirtió en la base de la operación Ítaca. Una pequeña embarcación de recreo cruzó el Canal el 21 de septiembre y debía partir en la madrugada siguiente desde el Caribe. El viaje iba a presentarse como una travesía de varios días por aquellas aguas. Los trámites migratorios estaban hechos y prácticamente todo preparado cuando la empresa que había facilitado el barco comunicó una inesperada avería. El equipo habló con los propietarios, con las autoridades y con quienes habían intervenido en los preparativos. La explicación que recibieron fue siempre la misma: un problema mecánico impedía zarpar. Era el sexto intento frustrado.
Machado decidió no esperar. En cuestión de horas comenzó a prepararse una séptima alternativa: aproximarse por aire hasta una de las islas situadas frente a Venezuela y completar desde allí por mar la última etapa. Tampoco funcionó. El antecedente de Curaçao complicaba cualquier nueva operación y finalmente quedó descartada la posibilidad de volar a las islas. Era el séptimo fracaso.
Nadie ha aportado pruebas de que exista una decisión coordinada para impedir el regreso de Machado. Tampoco las hay de que todos estos episodios tengan una causa común. Pero la acumulación resulta llamativa para quienes han participado directamente en los preparativos: permisos que desaparecen, vuelos que no pueden realizarse, rutas que se cierran y, finalmente, una embarcación que queda inutilizada por una avería cuando estaba prácticamente lista para zarpar. Son hechos distintos y con explicaciones distintas. Juntos han producido siempre el mismo resultado.
Entre aquella primera travesía por el Caribe y este regreso frustrado han transcurrido apenas nueve meses, pero Venezuela ha cambiado de una manera que entonces parecía difícil de imaginar. Maduro está preso en Nueva York, Estados Unidos ha intervenido directamente en el país y la vieja retórica antiimperialista del chavismo prácticamente ha desaparecido de un Gobierno que ahora negocia con Washington petróleo, deportaciones, inteligencia y seguridad. Lo que no ha desaparecido es buena parte de la estructura que sostuvo durante años al régimen.
Diosdado Cabello continúa en el poder, parte del aparato represivo permanece intacto y muchos de quienes prosperaron durante el chavismo han encontrado acomodo en el nuevo escenario. Delcy Rodríguez ha demostrado una extraordinaria capacidad para ceder en casi todo aquello que Washington considera prioritario y conservar a cambio una parte esencial del poder. El gran acuerdo petrolero impulsado por Estados Unidos ha devuelto además al centro de la escena a figuras procedentes de la Venezuela chavista, entre ellas Alejandro Betancourt.
Es difícil encontrar nueve meses más intensos en la historia reciente de Venezuela. Y en el centro de toda esta saga sigue estando una dirigente política que pasó de ser inhabilitada y perseguida a recibir el Nobel de la Paz, para después contemplar desde el extranjero la caída del hombre que la obligó a esconderse sin que aquello abriera automáticamente las puertas para su regreso.
Cuando recibió el Nobel, Machado llevaba más de un año viviendo en la clandestinidad, perseguida por un aparato chavista cuyas distintas familias, enfrentadas por viejas rencillas y luchas internas, coincidían al menos en una cosa: su rechazo a quien se había convertido en el principal símbolo de una resistencia irreductible al régimen. Su carrera la había llevado de fundar Súmate y enfrentarse a Hugo Chávez en los años más duros de la revolución bolivariana a ocupar un escaño en la Asamblea Nacional, ser expulsada de ella, sufrir una inhabilitación política y finalmente ganar por una mayoría abrumadora las primarias de la oposición de 2023.
Durante 2024 recorrió Venezuela subida al techo de camionetas y automóviles, megáfono en mano y abriéndose paso entre multitudes. Vestida de blanco, cubierta a menudo con los rosarios que le entregaban sus seguidores, con la bandera venezolana en una mano, repetía de pueblo en pueblo que el cambio era posible, que Venezuela podía volver a ser libre y que había que vencer el miedo. Las caravanas improvisadas, las carreteras abarrotadas y la gente corriendo junto a los vehículos sólo para tocarla terminaron convirtiéndola en la principal amenaza electoral para el chavismo.
Maduro no quiso enfrentarse a ella en las urnas. El régimen la inhabilitó después de haber obtenido importantes concesiones de la Administración de Joe Biden, incluida la liberación de Alex Saab. Machado señaló entonces a la académica Corina Yoris para sustituirla y el chavismo tampoco permitió su inscripción. Al final aceptó a un diplomático discreto y prácticamente desconocido para el gran público, Edmundo González Urrutia.
También perdió contra él. Eso muestran las actas recopiladas y publicadas por la oposición y las conclusiones de observadores independientes como el Centro Carter. Tras las presidenciales del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral proclamó vencedor a Maduro sin publicar las actas que sustentaban el resultado. La oposición sí consiguió las suyas y mostraban una victoria contundente de González. Estados Unidos acabó reconociéndolo como presidente electo.
Maduro, sin embargo, siguió en Miraflores y la represión aumentó. Dirigentes de Vente Venezuela fueron detenidos, otros huyeron del país y varios de los colaboradores más cercanos de Machado tuvieron que refugiarse en la Embajada de Argentina en Caracas. Allí permanecieron durante 412 días bajo vigilancia constante de los servicios de seguridad. Machado también desapareció. Cambió de escondite, limitó sus movimientos y continuó dirigiendo desde la clandestinidad una organización que el régimen trataba de desmantelar.
Sólo volvió a dejarse ver el 9 de enero de 2025, cuando salió para encabezar una manifestación en Caracas, un día antes de que Maduro se juramentara. Después volvió a desaparecer. En mayo, sus colaboradores consiguieron abandonar la Embajada de Argentina en una misión clandestina bautizada como Operación Guacamaya. El régimen sostuvo que se había tratado de una negociación; Machado y Estados Unidos lo presentaron como una extracción. La respuesta fue otra oleada represiva y, semanas después, la detención de Juan Pablo Guanipa junto con decenas de dirigentes y colaboradores opositores.
Así transcurrió casi todo 2025, con Machado escondida en algún lugar de Venezuela, perseguida por un aparato de seguridad que no conseguía encontrarla y al frente de una estructura política que tampoco había conseguido destruir. Hasta que el 10 de octubre sonó el teléfono. Al otro lado estaba Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, para comunicarle que acababan de concederle el Premio Nobel de la Paz.
Para entonces había ya un nuevo inquilino en el Despacho Oval. Trump llevaba meses hablando abiertamente de su propia aspiración al Nobel y algunos de sus colaboradores habían hecho campaña públicamente por él. Cuando Oslo anunció a Machado, el director de Comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, acusó al Comité de haber puesto «la política por encima de la paz». La reacción resultaba especialmente llamativa porque Machado había sido hasta entonces uno de los dirigentes venezolanos más próximos a Estados Unidos y había apostado buena parte de su estrategia internacional a la llegada de Trump.
Machado habló con el presidente aquel mismo día. Según relató después el propio Trump, ella le dijo que aceptaba el premio también en su honor. Pero el Nobel no terminó con la persecución ni solucionó el problema más inmediato. La nueva premio Nobel seguía escondida en Venezuela y no podía presentarse tranquilamente en Maiquetía con una maleta y tomar un avión a Oslo.
La operación para sacarla se preparó durante semanas. En diciembre abandonó su escondite disfrazada y llegó hasta la costa. Allí subió a una pequeña embarcación y se internó en el Caribe durante la noche. Navegaron con olas de hasta tres metros, sufrieron problemas mecánicos y dificultades con el sistema de navegación y durante horas existió incluso el riesgo de que las fuerzas estadounidenses desplegadas en la zona confundieran aquella pequeña embarcación con alguna de las lanchas utilizadas por narcotraficantes.
Finalmente consiguieron contactar con una embarcación de Grey Bull Rescue y Machado alcanzó Curaçao. Los contratiempos hicieron imposible llegar a Oslo a tiempo para la ceremonia y su hija tuvo que recibir el premio en su nombre. Machado llegó después. Pasadas las dos de la madrugada del 11 de diciembre apareció en el balcón del Grand Hotel ante los venezolanos que seguían esperándola y dejó allí una promesa: «Vine a recibir el premio en nombre del pueblo venezolano y lo llevaré de vuelta a Venezuela en el momento oportuno».
Apenas unas semanas después Estados Unidos intervino militarmente en Venezuela, capturó a Maduro y lo trasladó a Nueva York. Parecía el desenlace natural de aquella historia. Maduro había caído, la oposición había demostrado con sus actas que había ganado las elecciones y su principal dirigente acababa de recibir el Nobel de la Paz. Muchos asumieron que Machado podía regresar. No fue así.
Washington había derribado a Maduro, pero optó por conservar buena parte de las estructuras del Estado. La Casa Blanca temía que una ruptura inmediata deshiciera las Fuerzas Armadas, los servicios de seguridad, la Administración y la industria petrolera, provocando más violencia, caos y nuevas oleadas migratorias. Para mantener Venezuela funcionando, Trump recurrió a alguien que ya estaba dentro: Delcy Rodríguez.
La vicepresidenta de Maduro pasó a encabezar el Gobierno interino. Era una elección cargada de contradicciones. Durante años Washington la había sancionado como una de las figuras centrales del aparato chavista. Ahora se convertía en la pieza fundamental para conservar en pie buena parte del Estado mientras comenzaba su transformación. No se trataba de desmontar el chavismo de un día para otro, sino de evitar el vacío de poder y conducir una transición controlada.
Para Machado aquello planteaba una paradoja formidable. Estados Unidos había hecho lo que durante años parecía imposible, pero el poder no había pasado a quienes las actas de 2024 señalaban como vencedores de las elecciones. Decidió entonces llevar su batalla a Washington.
Machado entró en la Casa Blanca el 15 de enero. Allí entregó a Trump la medalla de oro que acompaña al Nobel, colocada en un gran marco dorado con una dedicatoria en la que agradecía su «extraordinario liderazgo». Recordó además el precedente histórico de la medalla con la imagen de George Washington que el marqués de Lafayette había entregado a Simón Bolívar. Trump aceptó el regalo, elogió a Machado y calificó el gesto como una muestra de «respeto mutuo». La estrategia estadounidense hacia Venezuela, sin embargo, siguió su curso.
Washington continuó trabajando con Delcy Rodríguez y Machado inició una campaña mucho menos vistosa que aquellas caravanas por Venezuela. Despachos, congresistas, senadores, funcionarios, asesores. Había que explicar una y otra vez que estabilidad y democracia no tenían por qué ser incompatibles y que una transición dirigida indefinidamente por quienes habían formado parte del chavismo podía terminar convirtiendo lo provisional en permanente.
Machado tenía los votos. Delcy tenía el Estado. Trump tenía la última palabra.
Hubo una segunda reunión con Trump el 6 de marzo, más reservada y sin la carga simbólica de la primera. Machado insistió en su intención de regresar. La situación venezolana seguía siendo extremadamente delicada y la prioridad de Washington continuaba siendo preservar la estabilidad de una transición que apenas comenzaba.
Para Machado, sin embargo, cada mes fuera del país tenía un coste. Había pasado años resistiendo dentro de Venezuela y ahora contemplaba desde el extranjero cómo se construía el nuevo orden posterior a Maduro. Empezó a viajar por Santiago de Chile, Washington, Madrid y otras capitales, reuniéndose con políticos, empresarios y diplomáticos. Cuanto más viajaba, más evidente resultaba el problema. Su liderazgo nunca se había construido en despachos de Washington ni en recepciones europeas, sino en las carreteras, pueblos y plazas de Venezuela.
Los terremotos del 24 de junio cambiaron finalmente la ecuación. Miles de muertos, ciudades golpeadas, hospitales desbordados y una respuesta del Estado que Machado consideraba insuficiente. Desde fuera contemplaba la mayor emergencia sufrida por Venezuela en años y decidió que ya no se trataba sólo de cuándo convenía políticamente regresar. Su país atravesaba una catástrofe y ella seguía a miles de kilómetros.
Comenzaron entonces los siete intentos que han terminado esta semana en Panamá. Cada fracaso hizo más difícil el siguiente y fue estrechando las rutas disponibles. No existe una explicación única para lo ocurrido: decisiones de distintos gobiernos, problemas logísticos, permisos que no llegaron, rutas que dejaron de ser viables y finalmente una avería cuando la embarcación estaba prácticamente preparada. La posición pública de Washington era que Machado podía regresar. La realidad es que, siete intentos después, todavía no lo ha conseguido.
El fracaso llega además cuando Delcy Rodríguez prepara un viaje a Nueva York durante la Asamblea General de Naciones Unidas. La dirigente que heredó el Gobierno de Maduro puede viajar a la ciudad en la que este permanece preso mientras profundiza una relación con Washington construida durante meses alrededor del petróleo, la seguridad y otros intereses compartidos. Machado, mientras tanto, no ha podido recorrer el camino contrario.
Nueve meses antes salió clandestinamente de Venezuela buscando fuera el apoyo necesario para cambiar su país. Desde entonces ha recibido el Nobel, ha visto caer a Maduro, ha entregado su medalla a Trump y ha tratado siete veces de regresar. La primera travesía pudo completarla cuando el chavismo la perseguía y Maduro seguía en Miraflores. La segunda, cuando Maduro ya no está allí, ni siquiera ha podido comenzar.
La operación se llamaba Ítaca porque debía terminar donde había empezado toda la historia. Por ahora, después de siete intentos, Ítaca sigue al otro lado del Caribe.
