En el desglose del prohibitivo precio que todos pagamos por vivir en el mundo político de Donald Trump, uno de los cargos más onerosos es el aburrimiento. La reiterada sobredosis de corrupción, incompetencia y sectarismo que caracteriza a todos los populistas de ambas … orillas del Atlántico empieza a resultar peligrosamente tediosa. Porque al quedar atrapados en un bucle de creciente conspiranoia es muy difícil esquivar tanto hastío.
Acabamos de ver cómo dos de los grandes capos de la mafia populista europea intentan uno de los más recurrentes trucos trumpistas: obtener réditos políticos a partir de lo que en democracias-no-en-crisis deberían ser escándalos insuperables. Tanto el británico Nigel Farage como la francesa Marine Le Pen, acusados de graves irregularidades financieras, intentan salir airosos de sus apuros con la esperanza de que «el pueblo» coincida en la socorrida paranoia de que el establishment conspirando para descarrilar su singladura hacia el poder.
Farage se enfrenta a una investigación de la Comisión de Ética del Parlamento de Westminster por no haber declarado una donación de cinco millones de libras enviada por un cripto-millonario desde Tailandia como recompensa por su papel de ‘cheerleader’ del Brexit. Mientras que Le Pen ha sido condenada por malversación (curiosamente, por el mismo delito descafeinado en España) de fondos de la Unión Europea.
La hipócrita respuesta de los líderes de Reform UK y Rassemblement National –Agrupación Nacional– ha sido exactamente la misma: intentar redimirse a través de las urnas. Una forzada elección parcial en el caso de Farage y la carrera presidencial de Francia por parte de Le Pen. El único consuelo es que no está claro el éxito de ninguna de estas estrategias. El deprimente espectáculo de Le Pen, haciendo campaña con tobillera electrónica, puede funcionar entre su núcleo duro, pero repugnar al conjunto del electorado francés en beneficio de alternativas más honestas. Y después de que los demás partidos principales del Reino Unido se hayan negado a presentar candidatos, Farage se enfrenta a un único rival: Count Binface, un candidato satírico disfrazado de cubo de basura.
