Mientras Miguel Díaz-Canel ocupa formalmente la presidencia, el nieto de Raúl Castro –sin un cargo visible en el Gobierno, que justifique su protagonismo– aparece dispuesto a negociar el futuro de la nación con quien designe Washington, incluido el propio presidente … Donald Trump. Después de 67 años, Cuba continúa siendo tratada por la familia Castro como una finca heredada, una propiedad privada cuya administración puede ofrecerse, negociarse o repartirse desde las alturas del poder.
Raúl Guillermo Rodríguez Castro tiene alrededor de 42 años. Es hijo de Déborah Castro Espín, hija de Raúl Castro, y del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, durante años jefe del poderoso conglomerado militar Gaesa. Ha sido identificado como coronel del Ministerio del Interior y jefe de la Dirección General de Seguridad Personal, la estructura encargada de proteger a su abuelo. Su papel, sin embargo, ha rebasado hace tiempo el de escolta. Es hombre de confianza de la familia, intermediario de la cúpula y representante de un poder real que no se somete a elecciones, instituciones ni rendición de cuentas ante el pueblo cubano.
Que un nieto de Raúl Castro se presente como interlocutor principal ante Estados Unidos es una confesión involuntaria. Demuestra que Díaz-Canel es una figura subordinada, un administrador político sin el control decisivo de los resortes fundamentales del régimen. Cuando llega el momento de discutir asuntos de supervivencia, sanciones, inversiones, presos políticos y relaciones con Washington, no aparece el presidente formal de la República, aparece el heredero del clan. No es la institucionalidad cubana la que habla; es la familia Castro defendiendo su continuidad.
La oferta de «negociar» con Trump incluye negocios, inversiones y reformas económicas. Resulta difícil no recordar el lenguaje con que durante décadas el castrismo demonizó a las empresas estadounidenses. Durante años acusaron a Estados Unidos de ser un imperio explotador, enemigo de la clase obrera y de dominación neocolonial. Expropiaron a sus empresarios con negocios en la Mayor de las Antillas y ahora, bajo presión, la misma élite que destruyó la economía cubana se ofrece a abrir puertas, vender oportunidades y atraer capital norteamericano.
Como Napoleón, el cerdo de ‘Rebelión en la granja’, novela de George Orwell, cambian sus «principios» cuando les conviene, modifican el discurso cuando peligra su poder y terminan pareciéndose a aquello que antes denunciaban con la causa de todos los males. No hay arrepentimiento, ni rectificación moral, ni reconocimiento de los daños causados. Solo cálculo y desesperación. Se trata de una familia mafiosa que busca ganar tiempo, aliviar presiones y garantizar que su dominio sobreviva, aunque tenga que abandonar, temporalmente, la retórica antiimperialista que sostuvo durante décadas.
El régimen insiste en que en Cuba no existen presos políticos; sin embargo, en una negociación con actores extranjeros aparece dispuesto a liberar a algunos como si fuesen mercancía de intercambio
Igualmente vergonzosa es la manera en que se menciona la liberación de personas «consideradas presos políticos». El régimen insiste habitualmente en que, en Cuba, no existen presos políticos; sin embargo, en una negociación con actores extranjeros aparece dispuesto a liberar a algunos como si fuesen mercancía de intercambio. Son seres humanos encarcelados por pensar distinto, protestar, exigir libertad, denunciar abusos o negarse a obedecer. Muchos han sufrido interrogatorios, violencia, torturas, aislamiento en celdas de castigo, falta de atención médica y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. Varios han muerto en las cárceles del régimen comunista en los últimos años. Presentar su excarcelación como una oferta atractiva es una ofensa a las víctimas, a sus familias y al Gobierno de Donald Trump.
También resulta muy insultante escuchar a un miembro privilegiado de esta dinastía decir que le duele que el pueblo cubano no pueda vivir como él. El pueblo no vive como él porque el sistema que su familia impuso por la fuerza y con engaño condenó a millones de cubanos a la miseria extrema, salarios miserables, apagones, escasez de alimentos, hospitales sin recursos, crisis del transporte, de la vivienda… y ausencia total de libertades.
Mientras el cubano común lucha cada día por sobrevivir, los descendientes de la élite viven rodeados de privilegios, abundancia, seguridad, viajes de recreo y acceso a bienes vedados a la inmensa mayoría.
Donald Trump y Marco Rubio conocen demasiado bien la naturaleza del régimen cubano como para confundir estas ofertas con una solución viable. Las 176 medidas económicas mencionadas por la dictadura no son suficientes para sacar al país de la grave crisis actual y cualquier concesión hecha hoy para sobrevivir podría revertirse mañana, cuando desaparezca la presión o cambien las circunstancias en Washington.
La única salida seria para Cuba es la democratización completa del país: libertad para los presos políticos, elecciones libres, legalización de partidos, independencia judicial, libertad de prensa y respeto pleno a la propiedad privada. Cuba no necesita que los Castro negocien cuánto poder conservarán. Urge que el pueblo recupere el poder que le fue completamente arrebatado.
José Daniel Ferrer
Es activista cubano
