Cuando varios corrimientos de tierra dejaron sepultado en 1999 el estado de Vargas, hoy La Guaira, el comandante se presentó trajeado ante las cámaras para dar un discurso a la nación. A pesar de la tragedia, estaba exultante y no lo podía disimular. En la … víspera, horas antes de que la tierra se desprendiera, había ganado el referéndum que aprobaba la nueva Constitución que apuntalaba los cimientos de un nuevo régimen. A Chávez no le importaron los partes meteorológicos. «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca», dijo, citando la famosa frase que pronunció Bolívar tras el terremoto de Caracas de 1812. Las constituciones y las catástrofes se unían de forma siniestra en la historia venezolana. Si Bolívar culpó a la Constitución de 1811 y al terremoto de 1812 del fin de la Primera República, la Cuarta terminaba con la Constitución y el alud de 1999. Lo reconoció Chávez en su alocución televisada: una tragedia había enlutado a Venezuela en el día de su renacimiento, qué cosas, qué signos de estos tiempos. Era el fin y el comienzo. Terminaba una era nefasta, la república oligárquica que había traicionado al pueblo venezolano, y empezaba una nueva, la suya, la bolivariana.
Veintisiete años más tarde, dos sismos de enorme potencia han vuelto a sepultar La Guaira y a un régimen político. El chavismo, que empezó oficialmente aquel 15 de diciembre de 1999 con la victoria del referéndum, no terminó con la extracción de Nicolás Maduro sino el 24 de junio de 2026, cuando el suelo crujió y el Gobierno de Delcy Rodríguez demostró con su inoperancia que a lo largo de casi tres décadas las élites extractivas del chavismo dejaron al Estado convertido en una estructura hueca. Su respuesta a la tragedia ha sido la que se esperaba, desastrosa, nula, autoritaria. Las escenas de venezolanos de pie ante los edificios en ruinas, tratando de mantener contacto con las personas atrapadas bajo las ruinas, son, además de desgarradoras, reveladoras: están solos, no tienen ni siquiera una pala con la cual levantar tierra. Hacen guardia delante de la catástrofe para que el hilo de vida que les queda a los sofocados no se quiebre, graban vídeos que lanzan a las redes como si fueran cartas embotelladas al mar, y esperan. No se ve un solo soldado.
Si en 1999 Chávez se dio el lujo de rechazar el apoyo extranjero, en especial el que le ofrecía Bill Clinton, ahora Delcy depende enteramente de él. Acepta ayuda extranjera, pero recela de la interna. Es lo que se intuye a la luz de las denuncias que hacen los ciudadanos en las redes. Nadie puede movilizar provisiones más que en los vehículos oficiales, la Guardia Nacional monta puntos de control que impiden el paso de los voluntarios, Diosdado Cabello ha cercado La Guaira para que nadie entre sin autorización, agentes del Sebin amenazan a la prensa. Ese es el tamaño de la tragedia: los venezolanos ya no solo tienen que luchar contra la naturaleza, como decía Bolívar, sino contra un Gobierno despótico que hoy se muestra negligente e incapaz de ayudar a las víctimas. Los venezolanos se han tenido sólo a sí mismos y han dependido de su organización y movilización. Hoy se organizan para salvarse de la naturaleza, y lo seguirán haciendo mañana para salvarse del Gobierno que, como fue evidente desde 1999, los ha sacrificado para mantenerse en el poder. Sería una particularidad venezolana, la confirmación de que el cataclismo político se manifiesta primero en la tierra, y el tercer régimen cuya caída es antecedida por un desastre natural.
