A pesar de que el martes la Casa Blanca dijo que la relación entre el presidente Donald Trump y la canciller alemana Ángela Merkel es “bastante impresionante”, los gestos y las palabras de cada uno de los mandatarios, uno el líder del país más poderoso del mundo, y la jefa de la locomotora económica europea, dicen todo lo contrario.

 

Las posiciones de Trump como candidato, presidente electo y luego ya en el poder no daban muchas esperanzas de que sus socios al otro lado del Atlántico fueran a estar cómodos con la relación que se les aproximaba. Y el tiempo se encargó de comprobarlo. En las recientes reuniones de la Otán y la de las siete economías grandes del mundo (G-7) se evidenció la falta de química entre el jefe de la Casa Blanca y los demás dirigentes del selecto club.

La propia Merkel lo dijo: “Los días en que Europa podía contar con otros como Estados Unidos y el Reino Unido están terminando”. La mandataria anunció que buscará mayor acercamientos a la India y China.

Los puntos de desencuentro quedaron patentes durante la primera gira internacional de Trump, pues se negó a respaldar el pacto climático de París, diciendo que necesitaba más tiempo para decidirlo.

Luego, en la cumbre de la Otán, Trump intensificó sus acusaciones acerca de que algunos países de la alianza militar no están gastando lo suficiente en defensa y advirtió sobre más ataques como el perpetrado en Mánchester el lunes de la semana pasada, a menos que la alianza haga más para detener a los yihadistas. Y si de tacto se trata, Trump tampoco se midió, como cuando empujó al primer ministro de Montenegro para quedar al frente del grupo para una foto.

FUENTE EL TIEMPO