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Dos hombres ejemplos de superación por medio del deporte

Iván Rojas y Ramón Ceballos son dos de ellos, aunque con un mérito adicional: competirán en la Allianz Ironman Cartagena 2017 el próximo 3 de diciembre, con el valor que les dan sus propias historias de superación. El primero recibió un trasplante de riñón que le salvó la vida y el segundo lleva dos décadas viviendo al límite sin la pierna derecha. Ambos escribieron sus testimonios para EL TIEMPO, para la sección #ExperienciasSaludables, que publicamos todos los viernes.

Un corredor sin pierna

Soy Ramón Ceballos, tengo 46 años, soy anestesiólogo y hace más de dos décadas vivo sin mi pierna derecha. Y, sí, soy deportista. Y, sí, voy a correr un triatlón. ¿Alguien tiene que llegar de último, no? Cuando estudiaba medicina y trabajaba de mesero, hace más de 20 años, perdí mi pierna derecha en un accidente de tránsito. No hubo forma de salvarla, pues, como dicen los doctores: era la pierna o la vida. Mi vida, con todo lo que implica la situación. Y en el deporte, antes boxeaba, levantaba pesas, montaba bici y hacía lucha. Pero después del accidente, solo me dediqué a levantar pesas y a escalar. Y eso afectó mi salud. Subí de peso.

El problema del peso aumentó, y hace tres años llegué a los 92 kilos. Ya me dolía la pierna y hacer pesas no me ayudaba. En ese momento tomé una decisión fundamental: me compré una bicicleta y le puse ruedas atrás. Quería seguir activo.

Al principio le daba dos o tres vueltas a una cancha de fútbol, con caída por vuelta incluida, hasta que dejé las rueditas y ahí empecé a montar más competitivamente. Un día, un compañero de trabajo me preguntó por qué no hacía un triatlón. Y, claro, ensayé. Debo decirlo, para mí es muy difícil esta disciplina, pero la felicidad que da cruzar la meta es como si me ganara unas olimpiadas, siempre llego llorando.

Me han apoyado mucho mis compañeros del trabajo y mi familia, y ahora ellos me motivan a participar en el Ironman. Voy a hacerlo y como sea voy a terminarlo.

Seguramente lo más difícil será nadar, teniendo en cuenta que hace 18 años no me pongo una prótesis, pues el nivel de la amputación es muy alto, y no es funcional.

Correré con muletas. Ya ensayé en Pereira, Santa Marta, Palmira y Paipa todo este año. Allí fueron mis primeras competencias, pues comencé en febrero pasado con este cuento. Sé que será muy muy duro, pero debo pensar en mi objetivo: corro para que mi hija sienta que los obstáculos son para vencerlos.

Un mensaje de inclusión

Mi nombre es Iván Rojas, tengo 49 años, papá orgulloso de dos hijos, esposo enamorado e hijo agradecido. Me he formado y realizado como arquitecto, tengo mi oficina de consultoría, donde diseño y construyo proyectos con gran éxito. Hace 23 años, cuando apenas comenzaba mi familia y cargaba a mi primer hijo en brazos, fui diagnosticado con síndrome de Berger, una enfermedad autoinmune que deriva en insuficiencia renal crónica y terminal.

Mi condición tuvo un progreso lento y silencioso hasta que, en enero del 2002, tras una varicela, perdí la totalidad de la función renal y fui remitido a diálisis.

El tratamiento es duro. El simple recuerdo del malestar que produce estar, cuatro horas cada día de por medio, conectado a gordas agujas a una máquina que filtra toda tu sangre aún me provoca escalofríos. En una enfermedad como esta debes enfrentarte a la pérdida paulatina de ti mismo; pierdes claridad de pensamiento, te sientes intoxicado, vives cansado, trastornado, con migrañas, te sientes mal la mayoría del tiempo.

Iván Rojas dice que el deporte le ha ayudado a alcanzar una vida más saludable luego de su trasplante, y a llevar un mensaje para personas como él.

Tenía en frente dos caminos: o me quedaba acostado a padecer la enfermedad muriendo lentamente o me sacaba el malestar haciendo deporte y trabajando. Hoy puedo decir que sin el soporte de mi familia, mi trabajo y el deporte no hubiera logrado sobrevivir a cinco años en diálisis ni hubiera alcanzado el milagro de superar una enfermedad terminal.

Así y todo, poco a poco fueron apareciendo más síntomas, como la pérdida de movilidad y la posibilidad de complicaciones cardiacas o cerebrovasculares derivadas de una tensión arterial por las nubes.

Todo apagaba mi esperanza de vida. Quería ver crecer a mis hijos, disfrutar mi familia, y la única esperanza era el trasplante. En momentos así te aferras a la vida intentando burlar el desenlace y esperas que ocurra un milagro; un milagro que llegó, de repente, con una llamada a las 11 de la noche el 27 de junio del 2007, desde el Hospital San Vicente de Paúl.

Me confirmaron que alguien, que debido a un accidente absurdo partió antes de tiempo, había donado sus órganos; era compatible genéticamente conmigo y yo era el primer candidato en la lista, y por lo tanto me había llegado mi trasplante.

Lo que vino después fue mi recuperación total. Tras sobrellevar el postoperatorio, todos los síntomas desaparecieron casi de forma inmediata, y regresaron mi capacidad física y mi entusiasmo.

Cinco años más tarde conocí a la doctora Alejandra Martin, epidemióloga y coordinadora de una red de trasplantes, quien venía con la idea de ser la precursora del deporte en trasplantados en Colombia. Así nació la Asociación de Deportistas Trasplantados de Colombia (Acodet).

Iniciamos actividades deportivas en febrero del 2014, montando en bici, parando a tomar aire cada kilómetro; luego vinieron el retorno al agua y el reto de lograr los 400 metros libres en menos de siete minutos para realizar mi primer triatlón en Bucaramanga, donde gané medalla de oro.

Un año y medio después partimos a nuestro primer mundial, en Mar del Plata (Argentina), donde obtuve el cuarto lugar en mi categoría en la prueba de ciclismo contrareloj de 5 kilómetros con un tiempo de 8:06 minutos.

Durante este tiempo nuestra organización ha crecido de una forma increíble, hoy tenemos 30 deportistas que entrenan diariamente como método para sobrevivir por mucho mas tiempo a su trasplante y para llevar a cada colombiano el mensaje de la donación de órganos.

En junio, con una delegación de ocho deportistas, asistimos a nuestro segundo mundial, en Málaga (España), donde conseguimos cuatro medallas. Todos los que hemos nadado, rodado y corrido hemos soñado con lograr terminar un Ironman. En Cartagena asistiremos siete deportistas de la Asociacion corriendo una carrera individual y dos equipos en relevos.

ELTIEMPO

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